Por Carlos Hartig.
Puerto Vallarta resplandece bajo el sol del Pacífico como la joya de la corona del turismo incluyente; un oasis donde el capital de la comunidad LGBT+ fluye entre coctelería de autor, festivales de circuito y un Malecón tapizado de arcoíris. Sin embargo, durante la más reciente Marcha del Orgullo, la marea festiva y complaciente se topó con un muro de realidad política ineludible que interrumpió el libreto oficial. Kenya Cytlaly Cuevas Fuentes, la activista más magnética, disruptiva y contundente de la escena nacional, tomó el escenario principal del Vallarta Pride no para sumarse al aplauso cómodo de las marcas, sino para sacudir las conciencias de un destino que históricamente ha priorizado la mercadotecnia rosa por encima de las vidas humanas y las realidades locales.
Consagrada como la Embajadora indiscutible del evento tras haber sido galardonada en ediciones previas como Activista del Año, Kenya transformó la celebración en una vibrante trinchera de resistencia civil desde sus primeras palabras. Con la mirada firme de quien ha desafiado al sistema punitivo y judicial en las calles más peligrosas del país, la fundadora de la asociación civil Casa de las Muñecas Tiresias lanzó un dardo directo al corazón del empresariado de la Zona Romántica y a las autoridades del Gobierno Municipal. Su discurso desnudó la cara oculta de la gentrificación y el lavado de cara institucional, recordándole a las delegaciones internacionales que nuestro orgullo no nació como un carnaval de consumo masivo, sino como una revuelta de base por la supervivencia de las identidades más vulneradas.

El reclamo central de la activista puso el dedo en la llaga sobre un esquema de exclusión urbana que utiliza la bandera de la diversidad para engrosar los bolsillos de las grandes cadenas hoteleras mientras desplaza a las identidades trans y a las trabajadoras sexuales. Cuevas Fuentes denunció con vehemencia este apartheid estético y socioeconómico, señalando cómo las trabajadoras de la vía pública continúan siendo relegadas a las orillas más oscuras e inseguras de la geografía turística, despojadas de vigilancia y de infraestructura básica. Ante la mirada atónita de los asistentes, la defensora exigió el cese inmediato de estas sutiles prácticas discriminatorias, demandando la apertura de espacios dignos dentro de la economía central que garanticen oportunidades reales de empleo formal, educación integral y alternativas de emprendimiento autónomo.
La presencia de la líder social conectó de forma cruda la fiesta turística de Puerto Vallarta con la emergencia humanitaria que desangra al resto de la República Mexicana. Respaldada por la legitimidad histórica de haber edificado la Casa Hogar Paola Buenrostro —el primer refugio especializado del país para la dignificación y blindaje de mujeres trans en extrema vulnerabilidad—, Cuevas puso nombre, apellido y rostro a la crisis de los transfeminicidios. Ante un público que oscilaba entre el festejo y la estupefacción, la defensora sentenció que la etiqueta de “Destino Friendly” es una farsa monumental e hipócrita si las instituciones continúan ignorando que, fuera de los reflectores hoteleros, la expectativa de vida de una mujer trans en México apenas roza los 35 años debido a la impunidad estructural.
El clímax de la intervención trascendió la oratoria política para materializarse en una acción institucional contundente que paralizó la agenda del ayuntamiento: la entrega formal de un pliego petitorio directo a los despachos del Gobierno Municipal. El documento técnico, respaldado por el área jurídica de su organización, representa un golpe de autoridad que exige de manera inapelable el cumplimiento de acuerdos previamente anunciados y sistemáticamente aplazados por la administración. La demanda central del pliego establece la obligación de etiquetar y destinar de forma auditable el 5% de la totalidad del presupuesto público municipal anual al diseño y ejecución de programas sociales enfocados en abatir el rezago histórico en salud, vivienda y justicia que asfixia a la comunidad LGBT+ local.
Asimismo, Cuevas Fuentes extendió su exhorto a las cámaras de comercio y consorcios corporativos, exigiéndoles transmutar la mercadotecnia del “capitalismo rosa” en verdaderos planes de inclusión con salarios dignos, prestaciones de ley y cupos laborales reales para las personas trans de la región. De nada sirve iluminar los complejos turísticos con luces de neón arcoíris durante el Vallarta Pride si al día siguiente se le cierran las puertas de la economía formal a una mujer trans o se le criminaliza por habitar el espacio público. La activista dejó en claro que la responsabilidad de reparar el tejido social y frenar la violencia es compartida tanto por el Estado como por las industrias que lucran con el estilo de vida de la comunidad.
La histórica jornada en Puerto Vallarta cerró con una consigna de fuego que retumbó en cada rincón del malecón, devolviéndole a la marcha su esencia de combate y dejando una advertencia fulminante para la clase política que pretende usar nuestras siglas como trampolín electoral. La lección de Kenya en esta pasarela de la diversidad fue nítida e irrevocable: la verdadera inclusión no se mide en el porcentaje de ocupación hotelera ni en la cantidad de dólares que entran a las arcas locales durante la temporada de fiestas. La verdadera vanguardia se mide en la justicia redistributiva, en las políticas públicas con presupuesto real y en la dignidad innegociable de una comunidad que ya no está dispuesta a callar ni a permitir que el brillo turístico maquille la barbarie de la impunidad.










































