Por Carlos Hartig.
¡Pasen y vean, damas y caballeros del refinado gusto y la República de las Letras, al espectáculo más delirante, acrobático y contradictoriamente serio del año, donde el místico e inmortal poeta nayarita Amado Nervo —ese coloso cósmico que tradujo la melancolía del universo y la arquitectura del alma en una música verbal imperecedera— es utilizado como una vulgar lona de carpa por los ilusionistas de la gestión pública! Mientras la lírica sagrada del bardo de Tepic merecería altares de lectura diaria, cátedras internacionales permanentes y un respeto institucional cimentado en la inmortalidad de versos como «Vida, nada me debes; vida, estamos en paz», la vigésimo cuarta edición de su festival se arrastra por el lodo de la improvisación masiva bajo un diseño estético que pretende emular la majestuosidad del Cirque du Soleil, pero con el presupuesto técnico de un circo de barriada. Bajo la errática batuta de Ricardo Gutiérrez Martínez, Director de Cultura del CECAN, el festival cerró sus puertas este 31 de mayo convertido en un monumento al escapismo burocrático, demostrando una alarmante incapacidad para planificar con dignidad el homenaje al hijo pródigo del estado, publicando las carteleras completas a escasos días del arranque y demostrando que, para los funcionarios, la poesía es solo un pretexto anual para justificar la nómina, ignorando que el bardo pertenece al infinito y no a sus carpetas de evidencias.
El gran truco de magia de este año, operado desde las oficinas de la Jefa del Departamento de Ferias, Festivales, Muestras y Exposiciones, Florencia Karmina Becerra Castrejón, consistió en inflar el pecho ante los medios con la fastuosidad de las «59 actividades gratuitas» del programa federal Profest, ocultando que el verdadero acto de contorsionismo financiero se encuentra en las partidas de transparencia del gasto corriente institucional. Es un insulto a la inteligencia ciudadana que mientras los portales de transparencia fiscal exigen claridad matemática en el destino de cada centavo, los recursos destinados a la operación diaria, transportes, comidas de gala y la logística de última hora se evaporen en la opacidad de contratos asignados de manera directa; Florencia Karmina Becerra Castrejón parece haber coreografiado la cartelera con el único propósito de rellenar requisitos administrativos, provocando que eventos de altísimo valor intelectual, como la impecable presentación del libro Escritoras de Nayarit de la investigadora Lourdes Pacheco en la Casa Fenelón, sufrieran de nula difusión y lucieran salas vacías mientras los directivos justificaban viáticos con el dinero del pueblo en una pirueta contable digna de un premio internacional de ficción.
La pista de este circo estatal se dividió con un clasismo presupuestal que da auténticas náuseas y que queda al descubierto al revisar las asignaciones de transparencia para contrataciones de talento foráneo: por un lado, los consentidos de la billetera abierta, como la banda tapatía Rostros Ocultos, que cobró un jugoso contrato que ronda entre los $150,000 y $250,000 pesos por noventa minutos de nostalgia rockera en la Concha Acústica de La Loma, absorbiendo un porcentaje desproporcionado de los fondos de operación que debieron nutrir a los creadores de casa. Por el otro extremo, los verdaderos tragafuegos y equilibristas de nuestra escena estatal —artistas nayaritas que sostuvieron el 80% de la programación de danza, música y teatro en las calles— se toparon con la histórica tacañería de Ricardo Gutiérrez Martínez, quien los sometió a techos financieros que rozan la limosna y a la clásica promesa de pago retrasado, obligándolos a aceptar que para el de fuera hay alfombra roja financiada con recursos públicos y para el local hay migajas administrativas, olvidando aquella advertencia de Nervo sobre el orgullo herido: «Siempre que haya un vacío en tu vida, llénalo de amor», algo imposible de aplicar cuando la burocracia te llena la despensa de promesas vacías.
El colmo del cinismo administrativo se vivió en el terreno de las artes plásticas y los discursos de vanguardia, donde el festival intentó colgarse la medalla de la inclusión organizando el Segundo Coloquio de Creadoras Escénicas y trayendo al polémico conversatorio sobre censura con el artista plástico Fabián Cháirez en el Centro de Arte Contemporáneo Emilia Ortiz, además de los talleres de la activista Lía García «La Novia Sirena». Esta inclusión no nació de una convicción democrática o de un respeto genuino a la disidencia por parte del CECAN, sino del deseo perverso de los funcionarios de simular una modernidad progresista que sus propias estructuras rechazan; la provocación artística sirvió como el distractor perfecto de la carpa principal, utilizando el escándalo mediático y la polarización del público local para tapar las escandalosas deficiencias organizativas, el raquítico apoyo a la base artística tradicional y el hecho de que el Premio Nacional de Poesía Amado Nervo —el único lazo real de alta competencia literaria del festival— apenas si recibe atención entre el ruido de los eventos masivos, demostrando que para la dirección el arte contemporáneo es solo una cortina de humo para ocultar las cuentas públicas.
Incluso el aplaudido acto de escapismo social que significó llevar eventos al Centro Femenil de Reinserción Social, al Parque La Loma con el show circense Fetuccini y a las escuelas públicas de las colonias más golpeadas de Tepic termina por desmoronarse bajo el peso de su propia demagogia y la falta de transparencia en los recursos comunitarios. Ricardo Gutiérrez Martínez y Florencia Karmina Becerra Castrejón utilizaron a las comunidades marginadas y a las infancias como simple utilería barata para justificar el uso del gasto corriente ante la Secretaría de Cultura Federal; ¿de qué sirve arrojar un concierto didáctico o una lectura poética durante una calurosa tarde de mayo a la periferia si el resto del año esas mismas escuelas públicas carecen de techumbre, las bibliotecas no tienen luz y los museos comunitarios se caen a pedazos por el abandono sistemático y la falta de presupuesto permanente del CECAN? Los habitantes de las colonias vulnerables merecen un compromiso estructural, no una simulación de diez días diseñada para cubrir las cuotas de un subsidio federal.
Para mayor desgracia de este teatro de sombras, la fiscalización y la transparencia gubernamental revelan que mientras los museos estatales sobreviven sin mantenimiento y el personal operativo trabaja con las uñas, las partidas de gasto corriente destinadas a la «difusión y logística» se justifican con facturas de empresas operadoras foráneas que encarecen el costo real de los servicios escénicos. Resulta de una seriedad alarmante que bajo la mirada complaciente de Ricardo Gutiérrez Martínez, los viáticos, comidas de gala y hospedajes de la comitiva organizadora terminen costando más que los honorarios de los propios talleristas locales que se partieron el alma bajo el sol de Tepic; Florencia Karmina Becerra Castrejón ha demostrado que su especialidad no es la gestión cultural, sino la ingeniería contable para hacer cuadrar cifras alegres en los informes públicos, maquillando la realidad de un festival que presupuestalmente sangra por la herida de la centralización y la total opacidad en el manejo de los proveedores de audio e iluminación.
El festival bajó el telón este domingo entre aplausos ensayados de la comitiva estatal y la consabida retórica oficial de cifras alegres que intentará convencernos de que el tejido social ha sido sanado gracias al pan y circo de diez días de gratuidad burocrática. No se dejen engañar por este cansado teatro de sombras: el Festival Amado Nervo 2026 sobrevivió única y exclusivamente gracias al pulso, las tripas y las uñas de los creadores nayaritas que se niegan a dejar morir la escena cultural y a la grandeza de un poeta místico que sigue dándole identidad a un estado que le queda demasiado chico; si el inmenso Amado Nervo despertara hoy y viera sus sagradas letras arrastradas en el fango de este circo administrativo, recordaría su célebre verso: «Porque veo al final de mi rudo camino que yo fui el arquitecto de mi propio destino», y miraría fijamente a Ricardo Gutiérrez Martínez y a Florencia Karmina Becerra Castrejón para arrebatarles su nombre, sentenciando que este festival no es un homenaje a su memoria, sino una vulgar pantomima gubernamental que le debe todo al pueblo y absolutamente nada a sus burócratas.

