Por Ricardo Reyes.
Mientras los indicadores oficiales muestran una inflación general aparentemente controlada, la realidad que enfrentan millones de familias mexicanas en los mercados y supermercados es muy distinta. El costo de los alimentos básicos continúa aumentando a un ritmo superior al del resto de los precios, reduciendo el poder adquisitivo de los trabajadores y poniendo en entredicho el alcance real de los incrementos salariales registrados durante el año.
De acuerdo con la actualización de las Líneas de Pobreza por Ingresos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), durante mayo de 2026 la canasta alimentaria registró un incremento anual de 6.3 por ciento en las zonas rurales y de 6.9 por ciento en las urbanas, cifras que superan ampliamente la inflación general anual, ubicada en 3.9 por ciento.
El dato refleja una realidad preocupante: los bienes indispensables para la alimentación aumentaron entre 2.3 y tres puntos porcentuales por encima de la inflación promedio, lo que significa que una parte importante de los ajustes salariales negociados en distintos sectores productivos podría terminar absorbida por el encarecimiento de los productos básicos.
Según el organismo estadístico, una persona necesitó durante mayo al menos dos mil 597.37 pesos mensuales en las zonas urbanas y mil 960.23 pesos en las rurales para adquirir únicamente la canasta alimentaria correspondiente a la Línea de Pobreza Extrema por Ingresos. Sin embargo, al incorporar otros gastos esenciales para la subsistencia, como transporte, servicios y cuidados personales, el monto requerido se elevó a cuatro mil 929.96 pesos mensuales en áreas urbanas y a tres mil 554.28 pesos en comunidades rurales.
Entre los productos que más presionaron el costo de la alimentación destaca el jitomate, cuyo precio prácticamente se duplicó al registrar un incremento anual de 99.2 por ciento. A ello se sumó el aumento de 57.3 por ciento en la papa y el alza de 6.6 por ciento en los alimentos y bebidas consumidos fuera del hogar, rubros que concentraron la mayor incidencia en el encarecimiento de la canasta alimentaria tanto en el campo como en las ciudades.
El informe también advierte que la Línea de Pobreza por Ingresos, que considera además de los alimentos otros bienes y servicios indispensables para el bienestar de la población, aumentó 5.1 por ciento anual en los ámbitos rural y urbano, nuevamente por encima de la inflación general.
A las presiones derivadas del aumento en los alimentos se suman mayores costos en transporte público, cuidados personales y, particularmente en las zonas urbanas, en servicios vinculados con educación, cultura y recreación, factores que continúan estrechando los márgenes económicos de los hogares mexicanos.
En un contexto marcado por revisiones contractuales y negociaciones salariales en diversos sectores, el comportamiento de la canasta alimentaria se convierte en un elemento central del debate sobre la recuperación del salario real. Aunque la inflación general mantenga una trayectoria moderada, el incremento sostenido en el precio de los productos esenciales evidencia que para millones de trabajadores la estabilidad económica sigue siendo una meta distante.
Más allá de los porcentajes y estadísticas, el encarecimiento de la comida representa un desafío cotidiano para las familias mexicanas, que cada vez deben destinar una mayor parte de sus ingresos para garantizar algo tan básico como llevar alimentos a la mesa.
































