Por Carlos Hartig.
Existe una brecha insalvable entre Manuel Salcedo que se vende en redes sociales como un heredero de la lucha social y el gobernante que, en los hechos, ha convertido a Acaponeta en un feudo de intimidación y abandono. Mientras el alcalde se llena la boca con discursos de «soberanía», la realidad en las calles de su municipio cuenta una historia de traición. Sus palabras no son más que demagogia barata, un teatro diseñado para buscar reflectores nacionales mientras sus gobernados padecen el peso de una administración que ha olvidado sus promesas de campaña para abrazar las mañas del autoritarismo más rancio.
Recientemente, a través de una publicación en sus redes sociales, Salcedo lanzó un mensaje donde cínicamente afirma actuar «sin buscar reflectores ni protagonismo», presentándose como un político formado en la protesta y bajo la sombra de figuras nacionales. Sin embargo, este posteo es el ejemplo máximo de su hipocresía: utiliza un discurso de ética que no aplica en su municipio. Es indignante que se atreva a decir que «manifestarse es un derecho y no un delito» cuando en su propia administración se persigue, se acosa y se detiene a ciudadanos que solo buscan proteger su patrimonio.

El cinismo de Salcedo llega al extremo de compararse con los valores de la lucha social, pero la realidad es que de lo que se le enseñó, no aprendió nada. No hay nada de «pueblo» en ser el mismo que manda policías a intimidar o que amenaza con armas para meter miedo a la gente. Su gestión ha demostrado que el poder no lo transformó, sino que reveló su verdadera naturaleza: la de un político que criminaliza la voz ciudadana y utiliza la violencia para intentar callar a quienes saben perfectamente lo que ha hecho.
En comunidades como Sayula, el nombre de Manuel Salcedo es sinónimo de despojo y mentira. Se le señala frontalmente por quitarle a la gente lo que por derecho les pertenece y por ignorar las necesidades básicas de su gente. Está pasando el tiempo y hasta la fecha no han arreglado absolutamente nada; todo sigue igual o peor. El reclamo popular es contundente: arregla primero lo que tienes en tu pueblo y resuelve los problemas de los tuyos antes de venir a opinar o dar lecciones de moral en otros lados.
La corrupción en su administración no es solo financiera, sino profundamente humana. Se le describe como un personaje acosador, golpeador y traidor que utiliza el aparato del Estado para perseguir a quienes se atreven a alzar la voz. El caso de los atletas locales a quienes intentó usar para colgarse medallas ajenas, siendo desmentido públicamente, es el retrato perfecto de su gestión: un castillo de naipes construido sobre falsedades y una búsqueda enfermiza de protagonismo para alimentar su propio ego político.
Acaponeta no necesita un actor que se disfrace de activista para las cámaras; necesita un alcalde que trabaje y dé resultados. Salcedo representa todo lo contrario a los valores que dice defender. Sus palabras son pura demagogia para buscar reflectores, pero sus hechos lo delatan solo: es quien detiene a ciudadanos y quien busca que nadie denuncie las injusticias que se viven bajo su mando. Su aparente integridad es un insulto a la inteligencia de los nayaritas que viven bajo la sombra de la represión institucionalizada.
Finalmente, Manuel Salcedo debe entender que no se puede hablar de defender la soberanía cuando se es el verdugo de la libertad en casa. La historia y el juicio ciudadano serán implacables con un gobernante que decidió cambiar la protesta por la bota policial. Acaponeta está despertando y ya no acepta el «teatro» de quien ha demostrado ser un aliado de la opresión. Sus publicaciones ya no engañan a un pueblo que sufre diariamente las consecuencias de una gestión marcada por el miedo, la ineptitud y la traición.

