Por Ricardo Reyes.
El año 1994 marcó un antes y un después en la historia política de México. En medio de un contexto de tensiones sociales, reformas económicas y una creciente demanda democrática, el asesinato del entonces candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Luis Donaldo Colosio Murrieta, sacudió los cimientos del sistema político y abrió una nueva etapa de incertidumbre y transformación.
Previo a 1994, México vivía bajo un sistema dominado por el PRI, partido que había gobernado de manera ininterrumpida por más de seis décadas. Aunque se habían impulsado reformas económicas importantes bajo el mandato de Carlos Salinas de Gortari —como la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN)—, el país enfrentaba fuertes críticas por la falta de democracia plena, desigualdad social y conflictos emergentes.
Ese mismo año, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en Chiapas evidenció el descontento social en amplias regiones del país, cuestionando la narrativa oficial de estabilidad.
En este contexto, Colosio emergía como una figura que prometía reformas internas dentro del PRI. Su discurso del 6 de marzo de 1994, donde reconoció las desigualdades del país, fue interpretado como una ruptura con la línea tradicional del partido.
El 23 de marzo de 1994, durante un mitin en Lomas Taurinas, en Tijuana, Colosio fue asesinado en un hecho que conmocionó a la nación. El crimen, atribuido oficialmente a Mario Aburto Martínez, generó múltiples teorías y dudas que persisten hasta hoy.
La muerte del candidato no solo representó la pérdida de una figura política, sino también el colapso de una narrativa de continuidad y control que el sistema político había sostenido durante décadas.
Tras el asesinato, el PRI designó a Ernesto Zedillo como su nuevo candidato presidencial, quien eventualmente ganó las elecciones. Sin embargo, el país entró en una etapa de crisis política y económica, marcada por el llamado “error de diciembre” y una creciente presión por democratizar las instituciones.
El magnicidio de Colosio aceleró procesos que ya estaban en marcha: mayor pluralidad política, fortalecimiento de organismos electorales y una ciudadanía más crítica. Estos cambios culminaron años después con la alternancia en el poder en el año 2000, cuando el PRI perdió la presidencia por primera vez en la historia moderna.
A más de tres décadas del asesinato, el caso de Colosio sigue siendo uno de los episodios más controvertidos de la política mexicana. Más allá de las investigaciones oficiales, su muerte simboliza el fin de una era de control político absoluto y el inicio de un proceso —aún en construcción— hacia una democracia más abierta.
1994 no solo fue un año trágico, sino también el punto de quiebre que redefinió el rumbo político de México para las generaciones futuras.

