Por Carlos Hartig.
En el firmamento del periodismo deportivo mexicano, donde la estridencia suele opacar al análisis, la figura de J. Jesús Ceja Valadez emerge como un faro de ética y elegancia. Con 57 años de trayectoria ininterrumpida, «Chuy» Ceja no solo narró el fútbol; construyó una catedral sonora que conectó el corazón de Nayarit con la historia nacional. Su filosofía, grabada en el ADN de sus herederos, era innegociable: «El cronista debe ser un facilitador de la emoción, no el dueño del juego». Esta premisa lo elevó de las cabinas locales a los altares del periodismo en México, demostrando que la verdadera grandeza no necesita gritos, sino una decencia inquebrantable.
Nacido en Sentispac, Santiago Ixcuintla, el 12 de junio de 1931, Don Jesús llevaba el deporte en la sangre. Hermano del coloso del fútbol nacional Antonio Ceja Valadez, poseía una visión técnica que le permitía leer el campo como un tablero de ajedrez. Desde su debut profesional en 1959 con el Deportivo Tepic, sus transmisiones en Radio Korita (XEHB) y la XERK se convirtieron en rituales sagrados. Su voz, rítmica y precisa, educó a generaciones de aficionados, siempre bajo el lema de que «el respeto a la verdad y al aficionado es el primer mandamiento de nuestra profesión», convirtiendo cada domingo en una cátedra de comunicación.
Su pluma en el diario El Tiempo de Nayarit fue el complemento perfecto a su voz, destacando por un análisis profundo que evitaba el amarillismo. Esta visión gremial lo llevó a ser uno de los 18 fundadores de la Asociación de Cronistas Deportivos de Nayarit (CRODENAY) en 1966. Para él, el periodismo era un ejercicio de humildad donde la honestidad técnica debía estar siempre por encima de cualquier búsqueda de fama personal, una postura que mantuvo firme al sentenciar: «La crónica es un servicio al pueblo, no un pedestal para el ego».
El destino le reservó un lugar entre los dioses del periodismo en marzo de 2015, cuando fue investido en la primera generación de inmortales del Salón del Periodista Deportivo. Al ocupar el nicho número 40, Ceja Valadez compartió la gloria nacional con figuras legendarias como el «Mago» Pedro Septién, el poeta Ángel Fernández, el analista Fernando Marcos y críticos de la talla de José Ramón Fernández. Este ingreso con honores no fue solo un triunfo personal, sino la validación de que el periodismo de provincia puede dictar los estándares de excelencia para todo el país.
Su voz también fue la encargada de bautizar momentos que hoy son tesoros históricos, como la narración de la inauguración del Estadio Olímpico de Tepic en el mítico choque entre los Coras y el Atlas de Guadalajara. Fuera de los micrófonos, su disciplina y orden se reflejaron en su impecable trayectoria laboral en instituciones clave del estado como Tabamex (Tabacos Mexicanos) y la empresa Tersa (Llantas y Servicios). En estos espacios, Don Jesús demostró que la pasión y la gestión profesional son compatibles, impulsando siempre torneos internos que fortalecieran la salud y el compañerismo de la clase trabajadora nayarita.
Tras su partida en 2021 a los 89 años, el vacío en las cabinas fue inmenso, pero su nombre quedó sellado en el concreto y el pasto. Como máximo tributo a su entrega, la Cancha Jesús Ceja en la Unidad Deportiva de la AFEN («Los Dos Toños») sirve hoy como recordatorio de que su legado sigue vivo. Casado con la señora Lolita de Ceja Valadez y padre de cuatro hijos —Tito, Marilolis, Héctor y Gina—, dejó una escuela de caballerosidad resumida por sus colegas con una frase contundente: «Fue un maestro de muchos y un amigo de todos; su voz es el eco de nuestra propia historia».
Hoy, la figura de Jesús Ceja Valadez es el estándar de oro para el periodismo moderno. Su vida fue una narración perfecta, un partido ganado por goleada a la desmemoria, asegurando que mientras ruede una pelota en su tierra, su voz seguirá siendo el puente eterno entre la jugada y la gloria. El «Caballero del Micrófono» nos enseñó que la verdadera comunicación no está en el volumen del grito, sino en la capacidad de convertir un gol en una obra de arte contada al oído, recordándonos siempre que «en la cancha y en la vida, la caballerosidad es el trofeo más valioso».

