Por Ricardo Reyes.
En Tepic, la inclusión parece haberse convertido en otro producto de marketing político. La alcaldesa Geraldine Ponce encabezó con reflectores, cámaras y discurso cuidadosamente diseñado la instalación del llamado Observatorio de los Derechos Humanos de las Personas con Discapacidad en Nayarit, DISCAPAMÉRICA, presentándolo como un “avance histórico” de su administración. Pero fuera del escenario oficial, la realidad de miles de personas con discapacidad en la capital nayarita dista mucho de ese relato triunfalista.
Porque mientras el Ayuntamiento presume observatorios, ceremonias y frases emotivas para redes sociales, Tepic continúa siendo una ciudad hostil para quienes viven con alguna discapacidad: banquetas destruidas, rampas inexistentes o mal hechas, semáforos sin accesibilidad, transporte público deficiente y oficinas gubernamentales que siguen sin garantizar condiciones mínimas de inclusión.
La narrativa de Geraldine Ponce intenta vender la idea de un gobierno moderno y sensible, pero para muchos ciudadanos el espectáculo mediático ya no alcanza para esconder el abandono urbano y la falta de políticas públicas reales. Hoy, la alcaldesa presume que en su gobierno existe “la primera jueza con discapacidad en América Latina dentro de un gobierno municipal”, utilizando un nombramiento institucional como bandera propagandística, mientras las necesidades más urgentes de las personas con discapacidad continúan relegadas.
La crítica es inevitable: ¿de qué sirve crear observatorios y montar eventos de inclusión cuando la ciudad sigue siendo inaccesible incluso para desplazarse unas cuantas calles? En Tepic, la inclusión parece existir únicamente en boletines oficiales y transmisiones en vivo, no en la vida cotidiana de quienes enfrentan diariamente obstáculos físicos y burocráticos.
Diversos sectores consideran preocupante que causas sensibles como los derechos de las personas con discapacidad sean utilizadas como herramienta de autopromoción política. Lo que debería ser una política pública seria y permanente termina reducido a campañas de imagen personal donde la prioridad parece ser generar titulares favorables y acumular aprobación digital.
La administración municipal insiste en hablar de “acciones reales”, pero la ciudadanía observa otra cosa: una estrategia basada en simbolismos vacíos, anuncios espectaculares y una obsesión permanente por la narrativa personal de Geraldine Ponce. Mientras tanto, los problemas estructurales siguen intactos.
Porque la verdadera inclusión no se decreta en un acto protocolario ni se resuelve con fotografías oficiales. La inclusión se demuestra cuando una persona en silla de ruedas puede recorrer la ciudad sin arriesgarse; cuando existen empleos dignos, infraestructura funcional y servicios públicos accesibles. Y esa realidad, hoy por hoy, sigue ausente en Tepic.
Detrás del discurso progresista y las frases cuidadosamente calculadas, crece una percepción ciudadana cada vez más fuerte: el gobierno de Geraldine Ponce ha perfeccionado el arte de convertir cualquier tema social en espectáculo político, aunque la realidad continúe golpeando a quienes más necesitan soluciones.

