Por Carlos Avendaño.
La presión de los Estados Unidos contra México, ya dejó de ser diplomacia discreta para convertirse en el ultimátum con acento de seguridad nacional. El mensaje es claro: ya no quieren discursos, quieren resultados y rápidos. Porque mientras aquí en México todavía se debate si los cárteles son “grupos criminales” o “actores sociales complejos”, en Washington los ven como amenazas directas que están inundando de fentanilo las calles estadounidenses. Y cuando el problema toca muertos, elecciones y crisis de salud pública, la paciencia política se evapora. Las autoridades estadounidenses dicen haber rastreado el origen del fentanilo hasta los verdaderos “campos de batalla” mexicanos. Traducción: laboratorios clandestinos, rutas protegidas, estructuras criminales operando con una capacidad que difícilmente existiría sin redes de corrupción y complicidades institucionales. Por esto ya no bastan los abrazos retóricos ni las conferencias llenas de optimismo estadístico. Los Estados Unidos de Norteamérica están exigiendo algo mucho más incómodo para el gobierno mexicano: extradiciones, detenciones de alto perfil, decomisos reales y desmantelamiento efectivo de los cárteles. No propaganda, no narrativa, no excusas históricas. Y, aquí es donde el discurso oficial entra en zona de turbulencia, porque durante años se intentó vender la idea de que la estrategia funcionaba, aunque la violencia siguiera disparada y el crimen organizado ampliara territorios, negocios y poder político. Se apostó más por administrar el conflicto que por confrontarlo de fondo. El problema es que el vecino del norte ya no parece dispuesto a tolerar esta estrategia contemplativa. Y cuando los Estados Unidos siente que México no actúa al ritmo que exige, empieza a elevar el tono y la presión. Lo preocupante no es solo el tema del narcotráfico. Lo verdaderamente delicado es el mensaje implícito: Washington empieza a desconfiar de la capacidad -o voluntad- del Estado mexicano para contener a los cárteles. Y esto coloca a México en una posición peligrosísima. Porque cuando una potencia concluye que su seguridad depende de intervenir, de presionar o de supervisar más allá de la diplomacia tradicional, la soberanía empieza a convertirse en discurso de ceremonia. Mientras tanto, en México seguimos atrapados entre dos realidades: una donde el gobierno presume avances, y la otra, donde los cárteles siguen operando como si fueran franquicias regionales del poder. Y en medio de ambas, el ciudadano común, viendo cómo el país se convierte cada vez más en territorio de disputa, mientras desde el poder todavía quieren convencernos de que todo está bajo control…
La narrativa de la “honestidad valiente”, empieza a parecerse cada vez más a esas series donde el héroe termina rodeado exactamente de todo lo que juró combatir. Ahora los reflectores apuntan hacia Andrés Manuel López Beltrán y Gonzalo López Beltrán, señalados en reportes periodísticos por presuntamente haber recibido dinero a través de una red vinculada al ex secretario de Finanzas de Sinaloa, Enrique Díaz Vega, personaje señalado por las autoridades estadounidenses por supuestos nexos con el narcotráfico y operaciones de lavado. Y aquí es donde el discurso oficial se tropieza con su propio espejo. Porque MORENA construyó un movimiento entero acusando a los gobiernos pasados de corrupción, tráfico de influencias y complicidades oscuras. Prometieron limpiar la vida pública y ahora terminan explicando por qué los escándalos siempre aparecen demasiado cerca del círculo íntimo del poder. Lo más devastador no es únicamente el señalamiento, es el contraste. Durante años se vendió la idea de una superioridad moral casi religiosa, como si la 4T hubiera llegado inmunizada contra las tentaciones del dinero, del poder y de las relaciones peligrosas. Pero la realidad tiene pésima costumbre de arruinar slogans. Y mientras los simpatizantes más radicales intentan reducir todo a “ataques de la derecha” o “golpeteo mediático”, las preguntas siguen creciendo. Porque cuando los nombres involucrados son los hijos del ex presidente Andrés Manuel López Obrador, el tema deja de ser anecdótico y se convierte en una bomba política de alto calibre. El problema para MORENA es que cada nuevo señalamiento destruye un pedazo del mito fundacional. Este relato donde ellos eran distintos, incorruptibles y moralmente superiores al viejo régimen. Hoy, el viejo régimen parece haber cambiado de camiseta, pero no necesariamente de costumbres. Y mientras tanto, el ciudadano mira cómo la política mexicana vuelve a entrar en ese terreno pantanoso donde todos prometen combatir la corrupción, hasta que la corrupción empieza a tocar la puerta de su propio grupo. Porque al final, la verdadera tragedia no es descubrir que el poder corrompe, esto ya lo sabíamos. La tragedia es descubrir que quienes juraron acabar con eso, terminaron pareciéndose demasiado a aquello que tanto odiaban…
Soberanía: escudo o responsabilidad. Si México llegara a rechazar una eventual solicitud de extradición en contra del ahora ex gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya, el impacto no sería personal ni partidista, sería del país. Porque invocar la soberanía como argumento automático ya no alcanza. La soberanía moderna no es decir “no” por reflejo, sino que es demostrar que el Estado tiene la capacidad -y la voluntad- de investigar, de sancionar y, en su caso, de cooperar conforme a derecho. Es ejercer control, no solo declararlo. Y ahí está el punto incómodo. Si existe una solicitud formal desde el Departamento de Justicia de los Estados Unidos, México no está obligado a concederla sin revisión. Pero sí está obligado a procesarla con seriedad a través de la Fiscalía General de la República y de un juez, conforme al tratado vigente. Negar sin explicar debilita, pero aceptar sin revisar, también. El problema no es la decisión en sí, es lo que comunica. Porque en un contexto de tensiones bilaterales y escrutinio internacional, cualquier resolución será leída como señal: de fortaleza institucional o de protección política. Y esto vaya que pesa en la relación con los Estados Unidos. Pesa en la confianza de los inversionistas. Y pesa, sobre todo, en la percepción interna de justicia. Al final, la soberanía no se defiende cerrando filas morenistas. Se defiende aplicando la ley sin excepciones. Porque cuando el Estado parece proteger a los suyos, lo que pierde no es un caso, es la credibilidad…
Hoy quiero reconocer y felicitar a todas y todos mis colegas docentes en este Día del Maestro. Ser maestro no es solamente impartir conocimientos; es sembrar esperanza, formar valores, despertar sueños y dejar huellas que muchas veces duran toda la vida. Gracias por la pasión, la paciencia y el compromiso que diariamente entregan dentro y fuera del aula. En tiempos complejos, nuestra labor sigue siendo fundamental para construir una mejor sociedad. Mi admiración y respeto para quienes hacen de la educación una verdadera vocación de servicio. ¡Feliz Día del Maestro!…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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