Por Ricardo Reyes.
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Nayarit, especialista en derecho penal y con un salario mensual de 65 mil pesos en 2011, Emiliano Zapata Sandoval Blasco llegó al Tribunal de Justicia Administrativa (TJA) de Nayarit como magistrado en septiembre de 2010, gracias a una terna enviada por el entonces gobernador Ney González Sánchez. No era un desconocido en el poder: desde principios del sexenio (2005-2011) mantenía una relación sentimental con Elia Quintana Basto, quien ocupaba el cargo de Subprocuradora General de Justicia del estado.
Mientras la funcionaria asistía a un curso de capacitación sobre rescate de niños desaparecidos impartido por autoridades estadounidenses en Cancún, Quintana Roo, su pareja —el magistrado— decidió aprovechar el viaje pagado con recursos públicos para exhibirse en Facebook. Publicó videos y fotos de mujeres en bikini (filmadas sin consentimiento), escenas de vida nocturna en discotecas y bares, y comentarios burdos y misóginos: tips para “ser buen seductor” como “sume panza”, “para nalga”, “endereza boca”, “mirada de becerrito a medio morir” o usar Photoshop “si se es feo”. Hacía mofa de su propio físico, presumía su gusto por las mujeres mientras su pareja “trabajaba”, y hasta ventiló aspiraciones políticas absurdas, como declarar “deber patriótico” el “hacerle el amor a una gringa”.
El escándalo estalló en julio de 2011 y se volvió internacional. Medios nacionales e internacionales lo tildaron de “magistrado misógino” y lo compararon con el exdiputado “Pancho Cachondo”. Zapata tuvo que borrar todo su material, pidió disculpas públicas con lágrimas en los ojos y admitió que su novia estaba furiosa por haberla involucrado en sus “correrías”. Nunca explicó si la orden de desaparecer de las redes vino de alguna autoridad superior, pero el daño a la imagen del Poder Judicial nayarita fue irreparable. Un funcionario que dirime controversias administrativas y fiscales entre el gobierno y los particulares se comportaba como un playboy de playa mientras cobraba un sueldo millonario con dinero de los contribuyentes.
Ese episodio no fue un desliz aislado, sino la cara visible de una prepotencia que caracterizó su paso por el cargo. Designado por Ney González —gobernador señalado posteriormente por diversos señalamientos de irregularidades—, Zapata y su esposa formaban parte de un círculo de poder donde los favores y las relaciones personales parecían pesar más que la ética pública. Él mismo reconoció en entrevistas haber abandonado temporalmente Nayarit por “decepción” ante la corrupción en las fuerzas federales, pero al regresar no dudó en aceptar un puesto clave en el aparato judicial local.
Años después, en 2014, cuando el Congreso local decretó la desaparición del TJA (cuyas funciones pasarían al Tribunal Superior de Justicia), Zapata interpuso amparos, recursos de revisión y amenazó con llegar hasta la Suprema Corte de Justicia de la Nación e incluso a la CIDH. “Un acto arbitrario del poder”, clamaba, defendiendo un tribunal que él mismo integraba. Críticos lo vieron como un intento desesperado por preservar su plaza y los privilegios asociados.
Hoy, convertido en abogado litigante con despacho propio en Tepic, Emiliano Zapata Sandoval Blasco sigue activo en redes sociales opinando sobre política local, criticando a unos y alabando a otros. Su esposa, Elia Quintana, continuó en el sistema judicial nayarita y ha ocupado cargos como jueza cívica en el Ayuntamiento de Tepic. La pareja, que escaló posiciones durante el sexenio de Ney González, representa para muchos el ejemplo perfecto del “lado turbio” de la vida pública en Nayarit: prepotencia de quien se siente intocable, uso inadecuado de cargos públicos y una ética que se derrumba cuando las luces de las redes sociales se encienden.
Mientras Nayarit sigue luchando contra la corrupción endémica, el caso de Emiliano Zapata Sandoval Blasco y su esposa Elia Quintana sirve como recordatorio incómodo: a veces, los escándalos más reveladores no requieren millones desviados, basta con la arrogancia de quien cree que el poder lo exime de toda decencia.

