Por Carlos Hartig.
Mientras las calles de Bahía de Banderas reflejan el abandono y la miseria de un pueblo que confió en la promesa de austeridad, la familia del alcalde Héctor Santana García ha decidido abofetear la dignidad ciudadana con desplantes de riqueza que rayan en lo obsceno. Francisco “Paco” Santana, ex diputado local de la XXXII Legislatura (2017-2021), ha sido captado exhibiendo una vida de magnate que incluye caballos pura sangre y, lo más indignante, una montura de oro sólido valuada en aproximadamente 5 millones de pesos. Este lujo asiático no solo es una burla para el erario, sino que representa la «putrefacción» de un movimiento que juró no mentir, no robar y no traicionar, convirtiendo al municipio en el epicentro del escándalo estatal.
La sombra de la corrupción no termina en los establos. La gestión de los hermanos Santana está marcada por una estela de autoritarismo y amenazas que han alcanzado incluso a los trabajadores de aseo y limpia, quienes han denunciado audios de intimidación por parte de funcionarios bajo las órdenes directas de la familia. A esto se suman los oscuros antecedentes de noviembre de 2024, cuando los hermanos del edil fueron señalados por agredir verbalmente a directivos municipales para forzar renuncias, operando el ayuntamiento como un feudo familiar donde la ley es el capricho del más fuerte.
La militancia de MORENA en Nayarit ha dicho «basta» y exige una investigación a fondo por parte de la Comisión de Procesos Internos. El reclamo es claro: no puede haber «piso parejo» en un proceso electoral interno cuando uno de los clanes utiliza el poder para amasar fortunas y pavonearse en monturas de oro mientras el pueblo carece de lo básico. El descrédito que los Santana están acarreando al movimiento es una mancha que amenaza con extenderse a nivel nacional si no se pone un alto inmediato a esta «vida dorada» de millonarios improvisados.
Es imperativo que Luisa María Alcalde y el Comité Ejecutivo Nacional de MORENA tomen cartas en el asunto antes de que la degradación política en Nayarit sea irreversible. Las acusaciones de nexos bajo investigación y la conducta prepotente del entorno del alcalde solo añaden gasolina al fuego de un escándalo que ya no se puede tapar con discursos de campaña. La dirigencia en la CDMX debe entender que permitir estos excesos es validar la traición a los principios fundamentales de la transformación, permitiendo que el nepotismo y la ambición desmedida se conviertan en la norma.
Francisco Santana, quien ya tuvo su paso por el Congreso del Estado en la XXXII Legislatura, parece haber olvidado que la función pública no es una vía para el enriquecimiento personal ni para la exhibición de trofeos de lujo. Su ostentación no es un hecho aislado, sino el síntoma de una familia que ha confundido el liderazgo con la monarquía, utilizando el apellido Santana para pisotear a las estructuras municipales y a la propia militancia que hoy documenta cada abuso. Esta «vida dorada» es el monumento más grande a la incongruencia de un régimen que prometió primero los pobres.
La permanencia de Héctor Santana y la influencia de su hermano Paco en el poder son hoy el mayor obstáculo para la integridad del movimiento en el estado. Entre caballos pura sangre y amenazas a humildes trabajadores, la familia Santana ha construido un monumento a la arrogancia que exige una respuesta contundente del partido. La militancia exige justicia, transparencia y, sobre todo, la expulsión de quienes han convertido el servicio público en una pasarela de opulencia insultante. ¡Investigación ya o el costo político lo pagará el proyecto de nación en las próximas urnas!


