Por Carlos Hartig.
La decadencia de Puerto Vallarta en esta Semana Santa no es un accidente, es un crimen político perpetrado por la negligencia de funcionarios como Laurel Carrillo. Es una bofetada a la dignidad del pueblo vallartense ver a una regidora del Partido Verde (PVEM) exhibiendo su cinismo en la Feria del Ostión de Bucerías, devorando el éxito de Nayarit mientras el destino que ella representa se hunde en la parálisis más humillante de su historia. Carrillo no solo huyó del aburrimiento que su propia gestión provocó; huyó de la responsabilidad de dar la cara a los comerciantes y hoteleros que hoy cuentan pérdidas gracias a la incompetencia de sus autoridades.
El descaro de la regidora no tiene límites: mientras en Vallarta la promoción turística es un cadáver y la creatividad municipal brilla por su ausencia, ella se dedica a hacer «turismo político» de la forma más rastrera, alimentando la economía de la competencia. Resulta repugnante que quien cobra del erario vallartense prefiera los festivales y la cartelera de Bahía de Banderas, confirmando lo que todos sospechábamos: que ni la propia Laurel Carrillo cree en el proyecto fallido que su partido encabeza. Su presencia en el restaurante “Buzos” no es una simple comida; es la celebración pública de su propio fracaso y el abandono total de quienes confiaron en ella.

Esta no es solo una falta de ética, es una traición sistemática a Puerto Vallarta Mientras las familias locales sufren por una de las temporadas más grises y mal gestionadas de las que se tenga memoria, su representante se pasea con una sonrisa de complicidad en los eventos que sí funcionan, en los municipios que sí trabajan. Carrillo ha demostrado que su único compromiso es con su comodidad personal, actuando como una turista de lujo con sueldo de servidora pública, mientras los vallartenses recogen los escombros de una «Ciudad Más Amigable» que hoy, gracias a personajes como ella, es solo un eco de lo que solía ser.
¿Cómo se atreve esta regidora a mirar de frente a los trabajadores del sector turístico después de ir a rendirle pleitesía a la cartelera de Nayarit? Su actitud es la prueba de que el PVEM en Vallarta está habitado por parásitos de la política que, al primer signo de la crisis que ellos mismos sembraron, corren a refugiarse en el brillo de lo ajeno. Laurel Carrillo ha dejado claro que Vallarta le queda grande; su ambición alcanza para cobrar el cheque, pero su lealtad no llega ni a cruzar el puente del río Ameca de regreso para trabajar por su gente.
Puerto Vallarta debe despertar ante esta clase de humillaciones públicas. No podemos permitir que quienes ostentan el poder sean los primeros en desertar cuando el barco se hunde por su propia ineficiencia. El «quemadón» de Laurel Carrillo debe quedar marcado como el emblema de una clase política podrida que prefiere el festín en casa ajena que el sacrificio en casa propia. Que le duela en el alma a la regidora, pero que le duela más al pueblo recordar que su futuro está en manos de quienes, a la menor oportunidad, prefieren ser turistas del éxito ajeno que arquitectos del propio.

