Carlos Avendaño
Por Carlos Avendaño.
¿Qué le pasa a Lupita? Tal y como dice la canción. Porque mientras cientos de familias de Salvador Alvarado siguen esperando respuestas sobre el hospital general, la flamante alcaldesa Guadalupe López González parece haber confundido el cargo público con una cómoda silla de espectadora. Y déjeme decirle estimado lector que esto no es así. Gobernar no es administrar excusas ni patear el bote esperando que el problema se desgaste solo. La presidenta municipal tiene una responsabilidad política, moral y administrativa ineludible: gestionar, presionar y tocar todas las puertas necesarias en el Gobierno del Estado y en la Federación para exigir la reapertura del hospital general y de empujar la construcción de uno nuevo. Para esto fue electa, no para esperar milagros burocráticos. Pero hasta hoy la ciudadanía no ve resultados, no ve presión política y mucho menos ve una alcaldesa encabezando una lucha seria por una necesidad que ya dejó de ser un tema político para convertirse en un asunto de dignidad humana. Porque cuando hablamos de salud pública no hablamos de discursos, estamos hablando de personas enfermas, de adultos mayores esperando atención, de madres trasladándose varios kilómetros y de familias completas sobreviviendo entre las carencias y el abandono institucional. La pregunta entonces ya no es técnica. La pregunta es simple y brutal: ¿En dónde está Lupita? Porque tampoco se observa una agenda agresiva de gestión en la Ciudad de México, no se miran recorridos constantes tocando las puertas en las dependencias federales, no se percibe presión pública sobre el Gobierno del Estado de Sinaloa. No existe ningún liderazgo visible, hay silencio, y en política, cuando un problema crece y el gobernante calla, el vacío también comunica. Lo más irónico es que si Lupita llegase a convocar mañana mismo a una marcha masiva para exigir soluciones, miles de ciudadanos acudirían sin pensarlo dos veces. Porque el pueblo de Salvador Alvarado sabe perfectamente lo que significa quedarse sin los servicios médicos dignos. La gente sí está lista para defender la causa, pero la duda es si su la autoridad municipal también lo está. Porque ser la primera autoridad de un municipio no consiste únicamente en cortar listones, tomarse la fotografía o administrar eventos sociales. Significa dar la cara cuando la ciudadanía más necesita representación, presión y resultados. Y hasta este momento, la percepción social es contundente, el hospital general sigue cerrado, las gestiones no aparecen y la indignación ciudadana comienza a abrirse paso entre el hartazgo. Vaya que en política existen funcionarios que gobiernan y otros que solamente administran el tiempo esperando que la gente se resigne. El problema para Lupita es que la paciencia ciudadana también tiene fecha de caducidad…
Yo con Maru ¿Y con Rocha nadie? La escena fue brutalmente simbólica en plena discusión de la reforma judicial, los senadores del PAN encabezados por Ricardo Anaya aparecieron con playeras estampadas con la frase: “Yo con Maru”, en respaldo a la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos. Pero lo verdaderamente demoledor no fue la playera, sino que lo fue el silencio. Porque cuando retaron a los legisladores de MORENA a ponerse una playera que dijera: “Yo con Rocha”, nadie quiso jugarle al valiente, nadie levantó la mano, nadie se puso la playera. Nadie, absolutamente nadie, quiso cargar públicamente con el costo político de defender al gobernador sinaloense. Y ahí quedó retratada la realidad política nacional: hay respaldos que se gritan y otros que hasta vergüenza dan. MORENA presume disciplina militar cuando se trata de aprobar reformas, destruir contrapesos o de levantar la mano como si fueran extras de una película soviética. Pero cuando aparece el apellido de Rocha en la conversación, la solidaridad se vuelve invisible y el compañerismo entra en modo avión. Porque una cosa es defender el movimiento, y otra cosa muy distinta, es defender lo indefendible. El episodio exhibió algo más profundo: en política, el verdadero termómetro no son los discursos ni los comunicados oficiales, es quién está dispuesto a tomarse la foto contigo cuando el incendio ya ha comenzado. Y parece que, en este momento, pocos quieren salir chamuscados. Ricardo Anaya, con toda la carga política que arrastra, terminó haciendo una jugada quirúrgica, exhibiendo la incomodidad morenista sin necesidad de pronunciar un solo discurso kilométrico. Bastó con una simple frase estampada en una tela de algodón para desnudar lo que muchos sospechan dentro del oficialismo: que hay figuras que ya son políticamente tóxicas, inclusive, para los propios. Porque cuando ni tus compañeros quieren usar tu nombre en una camiseta, quizá el problema ya no sea la oposición, quizá el problema es que eres tú. Y mientras el Senado discutía una reforma que promete “purificar” la justicia mexicana, el espectáculo terminó evidenciando otra cosa, la hipocresía selectiva de una clase política que habla de dignidad institucional mientras mide sus lealtades según el costo electoral. Al final de cuentas, la reforma judicial quedó en segundo plano, porque la verdadera votación ocurrió en las playeras, y Rocha perdió por ausencia…
El maíz: el precio que se presume y el ingreso que se esconde. En el debate público sobre el maíz hay una trampa recurrente: se habla del “precio del maíz” como si esto explicara automáticamente cuánto gana el productor. Y no, no es lo mismo, ni de cercas. El precio del maíz es una referencia de mercado: lo que marca la oferta, la demanda, los mercados internacionales y, muchas veces, la especulación. Es el número que se presume en reportes, conferencias y gráficas bonitas. El ingreso del productor, en cambio, es otra historia. Es lo que queda después de restar costos de semillas, fertilizantes, diésel, maquinaria, financiamiento, transporte y, en muchos casos, intermediación. Es decir: no es el precio, es lo que sobrevive del precio. Y ahí es donde la narrativa oficial suele volverse conveniente. Porque cuando el precio internacional sube, se presume como éxito. Pero rara vez se dice que los costos también subieron -y a veces más rápido-. Cuando el precio baja, se justifica con el mercado global, pero nunca se explica por qué el productor absorbe casi todo el golpe. El resultado es un espejismo: cifras que parecen buenas en el papel, mientras en el campo la rentabilidad se achica. En términos simples: el mercado fija precios, pero no garantiza ingresos. Y en esta diferencia vive uno de los problemas estructurales del campo mexicano. Porque mientras no se entienda -o no se quiera entender- que el ingreso del productor depende de toda la cadena y no solo del precio final, seguiremos viendo políticas que atienden el síntoma, pero no la enfermedad. Al final, el discurso habla de toneladas y de precios. El productor habla de sobrevivir un ciclo más. Y entre una cosa y la otra, hay una brecha que nadie quiere cerrar…
Pregunta demasiado seria: ¿Y dónde está el ex presidente Andrés Manuel López Obrador defendiendo a su hermano el ex gobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya? Porque los ex presidentes: Vicente Fox Quezada y Felipe de Jesús Calderón Hinojosa, ya aparecieron apoyando a la gobernadora de Chihuahua María Eugenia “Maru” Campos Galván…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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