Por Carlos Hartig.
Lo que alguna vez fue el «invencible» motor del poder en Nayarit hoy no es más que un esperpento político que sobrevive de milagro. El Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha pasado de la gloria absoluta a una agonía pública que raya en lo patético, asfixiado por una crisis de credibilidad que parece irreversible. Hoy, el partido no lucha por el bienestar de los nayaritas, sino por una supervivencia artificial que se desvanece entre deudas, traiciones internas y una desconexión total con la realidad de un estado que ya no los quiere ni los necesita.
La asfixia financiera es el síntoma más evidente de su desahucio. Con una raquítica asignación presupuestal para 2026 de apenas 6.49 millones de pesos, el PRI ha sido humillado financieramente, quedando por debajo incluso del Partido Verde. Esta miseria presupuestal ha dejado a la estructura territorial en los huesos; las oficinas municipales son hoy monumentos al abandono, mientras que los pocos recursos que quedan parecen diluirse en mantener a una cúpula que se aferra al cargo antes que a la militancia.

Bajo el mando de Sofía Bautista (Presidenta) y Freddy Cota Vélez (Secretario General), el partido ha optado por el cinismo en lugar de la autocrítica. En lugar de pedir perdón por los sexenios que dejaron a Nayarit en la quiebra técnica, con un déficit que ronda los 4,500 millones de pesos, la dirigencia se escuda en una narrativa de «persecución política» que provoca más risas que indignación en la mesa de los ciudadanos. Bautista y Cota lideran un barco que se hunde, pero se aseguran de ser los últimos en soltar los privilegios que aún les otorga la burocracia partidista.
El hambre de poder de sus antiguos «leales» ha provocado una desbandada que ya es leyenda negra en el estado. Mientras la cúpula estatal simula unidad, sus cuadros con mayor capital político han huido hacia Morena sin el menor rastro de vergüenza, buscando desesperadamente el presupuesto público que el PRI ya no puede garantizarles. El partido se ha convertido en un cementerio de elefantes: solo quedan aquellos que no tuvieron cupo en la cuarta transformación o los que esperan, ingenuamente, que la marca tricolor vuelva a ser moneda de cambio.
Hacia 2027, las proyecciones electorales son una bofetada de realidad: una intención de voto estancada en un humillante 6.4% o 7.5%. Con estos números, el PRI no es una opción de gobierno; es una carga electoral que el PAN ya empieza a ver con un desprecio apenas disimulado. La alianza «Fuerza y Corazón por México» en Nayarit corre el riesgo de romperse, pues para el panismo es cada vez más difícil cargar con el estigma de corrupción y el lastre de votos que representa hoy el otrora partido hegemónico.
El desprecio ciudadano no es gratuito; es el cobro de facturas por décadas de abusos, desvíos y una opulencia que insultó a la pobreza del estado. La narrativa actual del PRI sobre salud y seguridad suena hueca y falsa, viniendo de los mismos nombres que permitieron el colapso de las instituciones cuando tuvieron la oportunidad de servirlas. La gente no olvida que los problemas financieros que hoy asfixian a Nayarit tienen sus raíces en los arreglos de pasillo y la opacidad que caracterizaron las administraciones del tricolor.
En definitiva, el PRI en Nayarit ya no compite, solo mendiga su existencia. Sin dinero, sin líderes de peso y con una dirigencia que parece trabajar más para su propio beneficio que para la reconstrucción, el 2027 se perfila como el entierro formal de un dinosaurio que murió hace mucho tiempo, pero que se negaba a aceptarlo. La extinción no es una posibilidad; es el destino lógico para un partido que prefirió la corrupción a la evolución y que hoy, justamente, recibe el olvido como castigo.

