Por Carlos Hartig.
En Nayarit, el Partido Acción Nacional (PAN) ha dejado de ser una institución política para convertirse en una lucrativa franquicia privada, operada por un grupo que se comporta más como una junta de accionistas que como representantes del pueblo. La imagen que hoy circula no es la de una dirigencia preocupada por el estado, sino la del «Cártel de las Pluris»: personajes que durante más de 15 años han secuestrado las siglas del partido para asegurar su supervivencia económica a costa del erario público. Entre ellos destacan figuras como José Ramón Cambero Pérez (el eterno «dueño» del PAN en el estado), Rodolfo Pedroza Ramírez y Juan Alberto Guerrero, quienes junto a sus aliados han hecho de la política un negocio familiar de «brincos» presupuestales.
Mírenlos bien, porque estos son los rostros que han hundido la credibilidad de la oposición. Ramón Cambero, Rodolfo Pedroza y los demás personajes de la foto —quienes han pasado por diputaciones, regidurías y dirigencias sin tocar una sola calle— representan lo más rancio del sistema. Son expertos en la negociación en lo oscurito, donde se reparten las candidaturas de representación proporcional para ellos y sus allegados, evitando siempre el juicio de las urnas. Para estos dueños y accionistas mayoritarios de la franquicia, el voto ciudadano es un estorbo; lo de ellos es vivir de la lista, del «dedazo» y de la complicidad interna.
La reciente reforma electoral ha venido a moverles el piso a estos «ratones» que se sentían intocables en su propia ratonera. Por años, han bloqueado a jóvenes talentos y a perfiles ciudadanos con verdadera vocación de servicio, solo para mantener el control de la ubre estatal. Hoy, cínicamente, pretenden erigirse como críticos del sistema, cuando ellos son los arquitectos y beneficiarios del mismo sistema de privilegios que hoy dicen combatir. No tienen autoridad moral; su único motor es el miedo a perder la «pluri» que les garantiza seguir comiendo el queso del pueblo sin trabajar por él.
La crisis del PAN y del PRI en Nayarit no es una casualidad, es la consecuencia directa de tener a Cambero, Pedroza y Guerrero al frente del timón. Han convertido al partido en una estructura pequeña, manejable y sumisa, diseñada para que ellos nunca queden fuera del presupuesto. Son los accionistas del fracaso electoral, pues mientras el partido pierde fuerza y votos, ellos siguen ganando espacios y dinero. La soberbia de verse como dueños de una franquicia los ha alejado tanto de la gente que ya no distinguen entre la política y el asalto a las finanzas públicas.
Es indignante ver cómo se abrazan y sonríen ante la cámara, mientras miles de nayaritas exigen un cambio verdadero. Esa sonrisa es el reflejo del desprecio que sienten por el ciudadano de a pie, por ese militante de base que sí sale a caminar bajo el sol mientras ellos negocian sus oficinas con aire acondicionado. Son los parásitos de la democracia que han aprendido a mutar de una posición a otra para no soltar jamás el poder. La foto es la prueba fehaciente de que el PAN en Nayarit necesita una purga profunda para librarse de esta élite que lo tiene secuestrado.
El pueblo de Nayarit ya los tiene identificados. El tiempo de vivir de las «pluris» y de espaldas a la realidad se les está agotando. O estos personajes abandonan la franquicia y dejan que el partido respire, o terminarán siendo recordados como los enterradores de las siglas que alguna vez tuvieron dignidad. Ya no basta con discursos vacíos; la gente sabe que estos «dueños» no buscan el bien común, sino asegurar su próxima quincena. Es hora de cerrarles la ratonera y exigir que, por primera vez en décadas, salgan a ganarse la vida fuera de la nómina pública.

