Por Carlos Hartig.
Bajo un sol abrasador que parecía amplificar la rabia contenida, la zona turística de Rincón de Guayabitos y Los Ayala se transformó ayer 5 de mayo en el epicentro de una insurrección civil que cuestiona los cimientos de la justicia en Nayarit. Lo que comenzó como una marcha de solidaridad por la familia Guzmán Franco terminó por desnudar una herida profunda: el uso del aparato estatal para el presunto despojo de tierras que han sido trabajadas por generaciones. La movilización no fue un simple desfile de pancartas, sino un grito de auxilio dirigido a la presidencia de la República ante lo que los pobladores califican como una persecución judicial arbitraria y sistemática.
La narrativa oficial de las autoridades choca frontalmente con la realidad que se palpa en las calles, donde cientos de voces denuncian que la Fiscalía estatal actúa como un brazo ejecutor de intereses particulares. Apolonio Guzmán Franco, portavoz de los afectados, puso en palabras el sentimiento de orfandad jurídica que embarga a la región al cuestionar cómo es posible que ciudadanos honestos sean detenidos sin órdenes judiciales ni respeto al debido proceso. Este escenario plantea una interrogante devastadora para el Estado de derecho: ¿en qué tipo de país se vive cuando el propio gobierno, encargado de proteger a sus ciudadanos, se convierte en el principal agente de su desposesión?.

El predio en disputa en Los Ayala, hoy cercado por mallas ciclónicas y sellos que lo declaran «Propiedad del Gobierno del Estado», se ha convertido en el símbolo de una resistencia que no parece dispuesta a retroceder. Resulta paradójico y alarmante que, mientras el discurso oficial habla de desarrollo, los habitantes locales vean cómo el fruto del esfuerzo de cinco décadas queda atrapado detrás de un candado impuesto por la autoridad. La presencia de elementos de seguridad custodiando viviendas y construcciones ya consolidadas dentro del terreno evidencia que no se trata de una invasión reciente, sino de una posesión histórica que hoy se intenta borrar de un plumazo administrativo.

La indignación en la costa nayarita ha escalado a tal punto que la solidaridad ya no distingue entre vecinos de Guayabitos o Los Ayala; hoy se habla de un pueblo unido contra el atropello. Durante la marcha, el estruendo de los claxons y las consignas de «¡Justicia y Libertad!» no eran solo ruido, sino el testimonio de una sociedad que ha perdido el miedo y que señala directamente la corrupción en el manejo de la tierra. Esta crisis de confianza hacia las instituciones locales es el resultado de años de opacidad y de una política que parece priorizar el valor inmobiliario sobre la dignidad y los derechos humanos de sus residentes originales.
Es imperativo que la prensa nacional fije su mirada en este rincón del Pacífico, donde el derecho a la propiedad y la libertad personal parecen estar sujetos al arbitrio de quien detenta el poder político. Las denuncias de la familia Guzmán Franco no son hechos aislados, sino el reflejo de un patrón de conducta institucional que utiliza la fuerza pública para intimidar y desplazar a familias trabajadoras. La exigencia de justicia que resonó este martes es una advertencia clara para el gobierno de Nayarit: el uso de la ley como herramienta de represión tiene un límite, y ese límite ha sido alcanzado por la paciencia de sus ciudadanos.
La detención de miembros de la familia Guzmán, calificada por la comunidad como un secuestro institucionalizado, pone en entredicho la integridad de la Fiscalía. Al grito de «no son delincuentes», el pueblo ha salido a defender la honra de personas que describen como pacíficas y honestas, contrastando con la imagen de criminalidad que las autoridades pretenden imponer mediante comunicados oficiales. Esta batalla por la narrativa es también una lucha por la supervivencia de un tejido social que se siente asediado por quienes juraron defenderlo.
La infraestructura del predio asegurado, que incluye casas y obras en construcción de larga data, sirve como prueba irrefutable de que la familia Guzmán no «tomó posesión» de forma espontánea el día de su detención, como sugiere la versión ministerial. Este tipo de inconsistencias en los expedientes judiciales solo refuerza la teoría de una fabricación de delitos con fines de despojo patrimonial. La ceguera voluntaria de los juzgadores ante estas evidencias físicas es lo que hoy tiene a la costa nayarita en pie de guerra, exigiendo una transparencia que el sistema parece incapaz de proveer.
El llamado desesperado a la presidencia pidiendo su intervención es el último recurso de un pueblo que se siente asfixiado por sus autoridades locales. Los manifestantes fueron enfáticos al señalar que sus impuestos están siendo utilizados para «ponerles la pata en el cuello», una metáfora cruda de la traición institucional que perciben. Cuando la ciudadanía siente que está financiando su propia opresión, el contrato social se rompe y da paso a una movilización que puede tener consecuencias impredecibles para la estabilidad de la región.
La marcha de este 5 de mayo no fue solo una caminata; fue un ejercicio de soberanía popular frente a un estado que parece haber olvidado que su poder emana del pueblo. La presencia de familias enteras, desde niños hasta ancianos, marchando bajo condiciones climáticas adversas, demuestra que el agravio ha calado hondo en la identidad colectiva de Guayabitos. Ya no se trata solo de un terreno en Los Ayala, sino de la seguridad de que cualquier ciudadano puede ser la próxima víctima de un sistema que antepone los «proyectos de desarrollo» a la legalidad y la justicia.
Finalmente, lo ocurrido en Nayarit debe servir como una señal de alerta nacional sobre los riesgos del autoritarismo judicial y el despojo administrativo. El mensaje enviado por los pobladores de la costa es definitivo: si se meten con uno, se meten con todo el pueblo. La exigencia de libertad para los Guzmán Franco es hoy el estandarte de una lucha mayor por la dignidad y el respeto a la historia de quienes han construido este paraíso turístico con sus propias manos, solo para ser ahora expulsados de él por la fuerza del estado.

