¡Miren nada más qué joyita se está cocinando en el horno de la política local! Parece que a cierto regidor se le quemó el pan en la puerta de la decencia. Agárrense, marchantes, porque aquí les traemos una ración de verdades bien calientitas, con mucha levadura de cinismo y ese saborcito rancio que solo da el poder cuando se confunde con el mostrador del negocio propio. ¡Pásele por su ración de impunidad recién salidita del comal!

Por Carlos Hartig.
Puerto Vallarta Jalisco.- ¡Pásele, pásele! ¡Lleve su pan caliente con sabor a influyentismo! Resulta que en este Puerto Vallarta de mis amores, la ley es como la masa para el hojaldre: se dobla, se estira y se pisotea según el hambre de poder del que la amasa. Y para muestra, un botón —o mejor dicho, un «don»—.
El regidor Arnulfo Ortega, mejor conocido como “Don Chonito”, se nos olvidó que es representante del Partido Verde Ecologista (PVEM) y anda muy campante contaminando el aire, pero no con humo, ¡sino con un ruido que ni los coyotes aguantan!. Trae sus camionetas panaderas con el volumen tan alto que a las gallinas se les corta la leche y a los vecinos se nos revienta la paciencia.
¡Qué chulada de «Ecologista» nos salió el patrón! Mire usted lo que dice el Reglamento para el Ejercicio del Comercio, Funcionamiento de Giros de Prestación de Servicios, Tianguis, Eventos y Espectáculos de Puerto Vallarta. El Artículo 224 es más clarito que el agua de la sierra: “Queda prohibido el perifoneo en la vía pública”. No dice «prohibido menos para los regidores», dice prohibido para todos. Pero como «Don Chonito» ya se siente el dueño de la panadería municipal, él piensa que el reglamento es papel de estraza para envolver sus cuernitos, ignorando olímpicamente lo que él mismo debería vigilar desde su silla en el Cabildo.
Y por si fuera poco, el Artículo 225 del mismo reglamento le pone el último clavo al ataúd de la decencia, pues prohíbe el uso de bocinas, altavoces y aparatos de sonido que rebasen los límites permitidos por las normas oficiales. Mientras a un pobre vendedor de churros o a un músico de banqueta le caen los de Reglamentos como si fueran delincuentes, al regidor del PVEM le dan permiso de ensordecer a medio mundo. Es un cinismo que ni con un café de olla se pasa; mientras el pueblo debe guardar silencio y orden, el funcionario hace su agosto con la bendición del silencio de las autoridades que prefieren no ver el estruendo.
Es la «Ley de la Concha»: para los amigos, el azúcar; para el pueblo, el puro garrote. ¿A poco su partido, el Verde, no sabe que el ruido también es contaminación auditiva?. O será que como es regidor, sus bocinas tienen «permiso divino» para aturdir a los enfermos, a los niños y a todo el que se le cruce en las colonias. ¡Qué desfachatez! Ver a un funcionario usar el poder para promocionar su changarro mientras pisotea el descanso de la gente es tener la cara más dura que un bolillo olvidado atrás del horno por tres semanas. En lugar de dar el ejemplo de legalidad, nos da una clase magistral de cómo burlarse de los reglamentos en la cara de la ciudadanía.

La vara en Vallarta está bien chueca, pues. Si usted es un ciudadano de los de a pie, le cae la voladora de inspección, pero si usted es regidor del PVEM y «compa» de los que mandan, puede convertir la calle en su mercado privado con altavoces a todo lo que dan. Ese perifoneo no es más que el grito de la impunidad; es decirle a todo el pueblo que en la presidencia municipal hay intocables que no necesitan seguir las reglas. ¿Dónde están los inspectores de Reglamentos? Seguramente se quedaron sordos de tanto ruido o, lo que es peor, les dio amnesia de oficina para no molestar al patrón panadero que reparte las rebanadas del poder.
Este caso trasciende el simple ruido de una bocina; es el retrato de un cacicazgo moderno donde el servidor público se sirve del público. Arnulfo Ortega representa esa vieja escuela política que predica orden pero practica el caos cuando le conviene a su bolsillo. Mientras en el Cabildo se llenan la boca hablando de reglamentación y modernidad, en las calles se escucha el eco de la ilegalidad motorizada de su negocio. La impunidad con la que opera “Don Chonito” es un insulto directo a cada comerciante que ha tenido que cerrar o pagar multas por faltas menores, evidenciando una aplicación selectiva de la ley que raya en lo grosero.

Puerto Vallarta no necesita políticos que horneen impunidad y que usen los colores de la ecología para ensuciar la paz de los barrios. La permanencia de este perifoneo ilegal es la prueba de que el gobierno municipal ha renunciado a su obligación de impartir justicia para todos. Es hora de que el regidor Ortega entienda que su apellido no lo pone por encima del Artículo 224 y que el pueblo ya se empachó de tanta prepotencia. Si quiere seguir con su mitote sonoro, que suelte la silla de regidor y se ponga el delantal de tiempo completo, porque ese pan con sabor a abuso y desprecio por la ley, ¡ya se nos quemó en la puerta del horno!.

