Por Ricardo Reyes.
La discusión sobre la influencia de agencias estadounidenses en México ha escalado a un terreno cada vez más delicado: la posible operación, directa o indirecta, de agentes de inteligencia en territorio nacional. Organismos como la DEA y la CIA han sido señalados recurrentemente por su papel en labores de inteligencia, combate al narcotráfico y seguimiento de objetivos prioritarios dentro del país.
Aunque oficialmente la presencia de estas agencias se limita a esquemas de cooperación bilateral, intercambio de información y coordinación con autoridades mexicanas, diversas filtraciones, investigaciones periodísticas y antecedentes históricos apuntan a una realidad más compleja: operaciones encubiertas, infiltración de redes criminales e incluso participación en detenciones clave.
Uno de los casos más emblemáticos en la historia reciente es el del agente de la DEA Enrique Camarena, cuyo asesinato en 1985 marcó un punto de quiebre en la relación bilateral. A partir de ese momento, Estados Unidos intensificó su interés y presencia en territorio mexicano bajo el argumento de combatir el narcotráfico que afecta directamente a su población.

Décadas después, la tensión se mantiene. La detención en Estados Unidos del exsecretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, en 2020 —sin previo aviso al gobierno mexicano— evidenció que las agencias estadounidenses continúan operando con información y capacidades propias sobre actores clave del sistema mexicano. Aunque posteriormente fue liberado y repatriado, el episodio dejó al descubierto la falta de confianza y coordinación real entre ambos países.
Especialistas en seguridad nacional advierten que la CIA no sólo se limita al espionaje tradicional, sino que podría mantener redes de inteligencia humana (HUMINT) en México, enfocadas no sólo en el crimen organizado, sino también en movimientos sociales, actores políticos y dinámicas estratégicas del país. Estas operaciones, por su naturaleza, no son reconocidas públicamente, lo que alimenta sospechas sobre su alcance real.
En el caso de la DEA, su papel es más visible. Históricamente ha colaborado con fuerzas mexicanas en operativos contra cárteles, pero también ha sido acusada de actuar de manera unilateral, utilizando informantes, interviniendo comunicaciones y desarrollando investigaciones paralelas sin pleno conocimiento del gobierno mexicano.
Ante este escenario, México ha intentado establecer límites. En 2020, el gobierno impulsó reformas para regular la actuación de agentes extranjeros, obligándolos a compartir información con autoridades nacionales y restringiendo su margen de operación. Sin embargo, críticos consideran que estas medidas han sido insuficientes o difíciles de aplicar en la práctica.
El dilema es claro: mientras México necesita cooperación internacional para enfrentar a organizaciones criminales con alcance global, también enfrenta el riesgo de ceder espacios estratégicos de control e inteligencia. La delgada línea entre colaboración y subordinación vuelve a colocarse en el centro del debate.
En un país donde la seguridad sigue siendo una deuda pendiente, la pregunta persiste: ¿quién tiene realmente el control de las operaciones en territorio mexicano?

