Por Carlos Hartig.
La reciente presentación de la estrategia de promoción para Bahía de Banderas ha generado un intenso debate entre la innovación digital y la seriedad institucional. Francia Cortés, titular de la Dirección de Turismo, ha puesto sobre la mesa una propuesta que rompe con los esquemas tradicionales: utilizar su propia imagen, su trayectoria en certámenes de belleza y contenidos de corte aspiracional para «viralizar» los atractivos del municipio. Si bien el uso de redes sociales es vital en la era actual, el enfoque centrado en la figura de la funcionaria ha despertado dudas sobre los límites entre la promoción de un destino y la construcción de una marca personal con recursos públicos.
El argumento central de Cortés radica en la optimización de recursos, asegurando que su participación como modelo en escenarios como Punta de Mita o Sayulita ahorrará costos en pauta publicitaria. Bajo esta premisa, la directora planea mostrarse «viviendo el lujo» y realizando pasarelas para atraer a sus seguidores y a un público habituado al contenido de belleza. No obstante, esta visión simplifica la compleja labor de una oficina de Turismo, la cual debe atender no solo la estética visual, sino temas cruciales de infraestructura, servicios, ordenamiento de playas y atención directa a los sectores productivos que sostienen la economía local.
La controversia se acentúa con el anuncio de su participación en el certamen Miss Grand International All Stars en Tailandia. Aunque se plantea como una plataforma para proyectar al municipio en el extranjero, resulta difícil ignorar la desconexión operativa que implica la ausencia de una funcionaria a escasas semanas de haber tomado protesta. La gestión pública requiere una presencia constante y técnica en el territorio, especialmente en un destino de talla internacional que compite con los mercados más exigentes del mundo y que demanda soluciones de fondo, más allá de la exposición en pasarelas internacionales.
Un punto crítico en este despliegue de «glamour» es la realidad social que impera en zonas como Punta de Mita. Mientras la estrategia oficial busca proyectar una imagen de lujo y exclusividad, la comunidad local mantiene reclamos vigentes por el acceso a las playas y la creciente privatización de los espacios públicos. Vender un paraíso estético sin atender las tensiones territoriales y el bienestar de los habitantes locales genera una narrativa que puede percibirse como superficial o, en el peor de los casos, insensible ante las problemáticas de quienes viven el destino día con día.
Desde el sector empresarial y la ciudadanía, las opiniones se dividen. Por un lado, se reconoce la necesidad de rostros frescos y lenguajes dinámicos para captar la atención de las nuevas audiencias; por otro, existe el temor de que la dirección de Turismo se transforme en una agencia de influencers donde el fondo de la política pública se pierda entre filtros y «likes». La mercadotecnia es una herramienta poderosa, pero cuando el contenido se dirige principalmente a los «fans» y no a los mercados estratégicos de inversión y conectividad, la densidad institucional del cargo corre el riesgo de diluirse.
Al final del día, el éxito de Francia Cortés no se medirá por el número de reproducciones en sus videos, sino por indicadores reales: ocupación hotelera, satisfacción del visitante y, sobre todo, la capacidad de resolver los retos de imagen urbana y seguridad que el municipio arrastra. Bahía de Banderas es mucho más que una escenografía de lujo; es un ecosistema vivo que exige una dirección capaz de equilibrar el brillo de las pantallas con el trabajo arduo de la gestión pública. El tiempo dirá si la «estrategia viral» fue una genialidad de ahorro o una oportunidad perdida para profesionalizar el sector.

