Por Ricardo Reyes.
En el Congreso del Estado de Nayarit, dominado por Morena, PT y PVEM, la democracia parece haberse convertido en un trámite administrativo: rápido, ordenado y, sobre todo, sin contratiempos incómodos como el debate o la crítica.
Aquí, las iniciativas no se analizan, se “procesan”. Llegan con sello de origen y salen con sello de aprobación. Todo en tiempo récord. Cualquier parecido con un parlamento deliberativo es mera coincidencia. La consigna es clara: no se trata de legislar mejor, sino de legislar sin estorbar.
El pleno funciona como una extensión de la voluntad política superior, donde los diputados han perfeccionado una habilidad digna de estudio: la obediencia sin matices. Levantar la mano se ha convertido en el acto legislativo por excelencia, una especie de reflejo condicionado que sustituye al razonamiento.
Las comisiones, por su parte, operan como salas de trámite donde los dictámenes se cocinan con anticipación. Ahí no se discute el fondo, se pule la forma… y a veces ni eso. Porque lo importante no es lo que dice la ley, sino que salga rápido y sin ruido.
Mientras tanto, los problemas de Nayarit siguen acumulándose fuera del recinto: inseguridad persistente, rezagos en servicios básicos, precariedad laboral. Pero dentro del Congreso, la prioridad parece ser otra: sostener la narrativa, cuidar la disciplina partidista y evitar cualquier fisura que exhiba diferencias internas.
El PT juega su papel de aliado leal, siempre dispuesto a respaldar sin titubeos; el PVEM, fiel a su historia, se adapta con una flexibilidad casi acrobática; y Morena marca la pauta, no tanto con liderazgo legislativo, sino con control político. El resultado: un bloque sólido… pero intelectualmente plano.
En este contexto, la figura del diputado como representante popular se diluye. Más que portavoces de la ciudadanía, muchos parecen operadores de línea, ejecutores de decisiones tomadas en otros espacios. La tribuna, que debería ser arena de ideas, se ha convertido en escenario de discursos predecibles, repetitivos y, en ocasiones, vacíos.
La rendición de cuentas brilla por su ausencia. Pocos informes sustanciales, escasa transparencia en el trabajo de fondo y una desconexión evidente con la realidad social. Pero eso sí, la narrativa oficial insiste en hablar de transformación, de cambio, de compromiso con el pueblo… aunque en los hechos, el Congreso parezca más una oficina de validación que un poder autónomo.
Así, entre aplausos coordinados y votaciones sin sorpresa, el Congreso de Nayarit sigue funcionando como una maquinaria bien aceitada… para que nada se salga del guion. Porque en este modelo legislativo, cuestionar es incomodar, debatir es retrasar, y pensar —simplemente— no es necesario.

