Por Carlos Hartig.
El aire de Compostela no es como el del resto de Nayarit; aquí el viento parece cargar con el peso de los siglos y el eco de las espadas. No es solo un Pueblo Mágico; es el rastro de una ambición que pretendió fundar un imperio dentro de otro. Al caminar por sus calles, uno no solo pisa piedra y asfalto, sino las huellas de la Trigésima Cuarta Legislatura de la historia mexicana, donde el pasado virreinal y la resistencia indígena libraron una de las batallas culturales más fascinantes de nuestro país.

La historia comenzó con una orden firmada en la distancia. La reina Juana de Castilla, desde el otro lado del océano, imaginó un bastión que consolidara la fe y el poder español en el Occidente. Fue Nuño de Guzmán quien, en 1532, materializó ese deseo fundando la ciudad bajo el nombre de Santiago de Galicia de Compostela. En aquel entonces, no era un pueblo pequeño; era la orgullosa capital del Nuevo Reino de Galicia, un territorio vastísimo que devoraba lo que hoy es Jalisco, Zacatecas y Aguascalientes.

Durante esos primeros años, Compostela fue el centro del universo para los conquistadores. Desde aquí partieron expediciones hacia lo desconocido y aquí se instaló el primer obispado del occidente. Sin embargo, la historia tiene giros caprichosos: la hostilidad de los grupos indígenas locales y la dificultad de los suministros obligaron a que la capitalidad se trasladara años después a Guadalajara. Compostela perdió el trono político, pero retuvo para siempre su linaje de ciudad fundacional.

En el centro del pueblo se yergue el Templo de la Misericordia de San Santiago Apóstol. Entrar en él es entender la mística de la región. Sus muros de cantera resguardan una de las reliquias más sagradas de Nayarit: la imagen del Señor de la Misericordia. Se cuenta que esta pieza fue un regalo personal de la Corona Española, un vínculo físico entre la monarquía europea y las nuevas tierras. La arquitectura del templo, con sus líneas austeras y sólidas, recuerda que en el siglo XVI cada iglesia era también una fortaleza frente a un territorio aún por pacificar.

Pero Compostela tiene una memoria mucho más antigua que la de los españoles. A pocos kilómetros, el paisaje se vuelve selvático para ocultar La Pila del Rey. Este sitio arqueológico es una de las mayores bibliotecas de piedra del país. Con más de 2,000 años de antigüedad, los petroglifos grabados en las rocas narran la cosmogonía de los pueblos que habitaron estas tierras mucho antes que Nuño de Guzmán.
Se cree que este fue un punto clave en la ruta migratoria de los aztecas hacia el centro de México. Hoy, el sitio sigue vibrando; los Huicholes (Wixárikas) aún acuden a este centro ceremonial para dejar ofrendas, manteniendo un hilo invisible que une la prehistoria con el México contemporáneo. Es el lugar donde el tiempo se dobla sobre sí mismo.
La crónica de Compostela se escribe también con el olfato. El aroma a café de altura domina las mañanas. Gracias a su ubicación estratégica entre la costa y la sierra, el grano que aquí se cosecha posee una acidez y cuerpo que lo han vuelto famoso a nivel nacional. Mientras uno disfruta de una taza en los portales, el sonido rítmico de los martillos revela otro de sus grandes orgullos: la talabartería.
Los maestros talabarteros de Compostela son guardianes de una técnica que se ha refinado por generaciones. Sillas de montar, cinturones y arreos de cuero salen de estos talleres para decorar las cabalgatas de todo el país. Es un oficio que sobrevive al paso de la industrialización, recordándonos que en este pueblo las cosas aún se hacen con el tiempo y el cuidado que dictan las antiguas leyes del honor artesanal.
Para cerrar la crónica, el paladar debe rendirse ante el pollo al Ixtlán, con su marinado de jitomate y orégano que sabe a hogar serrano. Pero Compostela no permite que olvides que el mar está cerca. En menos de una hora, el viajero puede descender de la frescura de los cafetales a la arena de Rincón de Guayabitos.
Compostela es, en fin, una contradicción hermosa: es la montaña que mira al mar, es la iglesia que respeta el petroglifo, y es la capital que, aunque perdió su corona, nunca perdió su espíritu de reino. Visitarla es comprender que México no se construyó en un día, sino piedra tras piedra, entre el campo de estrellas y la voluntad de su gente.

