Por Carlos Hartig.
¡Atención, fanaticada de la bajeza y el cinismo! En una función que apesta a desesperación y falta de vergüenza, el Director de Predial y gerente de los Tabaqueros, Guillermo Lomelí, convirtió el Jardín Juárez en un ring de barriada. El zafarrancho estalló por la razón más cobarde: la alergia a la transparencia. Cuando el Lic. Aldo Uribe le exigió cuentas claras sobre el dinero del equipo de béisbol —ese que manejan como si fuera su caja chica—, el funcionario, en lugar de sacar la calculadora, sacó el instinto de callejón. Ante la falta de argumentos para explicar el destino de los fondos deportivos, el agresor de la nómina prefirió soltar una metralla de golpes bajos.
La batalla no tuvo nada de técnica y mucho de «verdulería» institucionalizada. Testigos narraron con asco cómo Lomelí, poseído por un furor digno de una riña de mercado, arremetió con picadas de ojos, rasguños de gata y mordidas arteras, como si la administración pública fuera una lucha de apuesta extrema donde se vale todo menos la honestidad. Fue una exhibición de degradación absoluta: ver a un director municipal revolcándose en el suelo, tirando zarpazos y mordiscos para evadir su responsabilidad de informar al pueblo, es la prueba de que en Santiago la política se hace con los colmillos y las uñas largas, no con la razón ni el servicio.

¿Y dónde está el promotor de este circo romano de cuarta categoría? El alcalde Sergio González, alias «El Pipiripao», parece estar en la esquina de la complicidad, disfrutando del espectáculo de sangre mientras tira la toalla de la decencia. La pasividad del presidente ante este zafarrancho de «lavadero» —originado por el simple reclamo de cuentas del béisbol— es el grito de «¡Rudos, Rudos!» que confirma quién manda realmente en el ayuntamiento. Al no sonar la campana para el cese fulminante de su violento subordinado, González se exhibe como un réferi comprado que protege a sus «fieles» mientras los ciudadanos reciben los mordiscos de sus funcionarios.
Esta no es una simple caída; es la muerte de la institucionalidad. Ver a un Director de Predial —el tipo encargado de recaudar los impuestos de la gente— liándose a rasguños y mordidas para ocultar el manejo de los Tabaqueros, es la confirmación de que el gobierno está noqueado por su propia podredumbre. ¿Qué secretos le guarda Lomelí al alcalde para que este lo mantenga como su «perro de presa» intocable a pesar de andar lanzando tarascadas en plena vía pública? La ciudadanía ya no pide una revancha, exige que saquen del ring a estos personajes que confunden la alcaldía con una guarida de rufianes.
El «Pipiripao» ha convertido su gestión en una carpa de horrores donde los directores tienen licencia para agredir, arañar y morder a los contribuyentes que se atreven a preguntar. Mantener a Lomelí en el cargo tras este episodio de cinismo y «estilo de mercado» es una patada voladora al rostro de cada ciudadano santiaguense. Si el alcalde no tiene los pantalones para aplicar la «descalificación» definitiva a su protegido, entonces que admita que su gobierno es una farsa donde la transparencia siempre pierde por «faul» y la impunidad gana por conteo de protección desde la oficina presidencial.
Santiago Ixcuintla está de luto por la decencia perdida en el Jardín Juárez. Mientras las cuentas del béisbol siguen en el fango y las calles se caen a pedazos, los funcionarios se dedican a dar espectáculos de «don lama lama lamita» para evitar la rendición de cuentas. El tiempo se le agotó al «Pipiripao» para demostrar si es un gobernante o el simple mánager de un grupo de choque que prefiere los rasguños y las mordidas antes que la claridad financiera. Si no hay una expulsión inmediata, que no se quejen cuando el pueblo les aplique la «quebradora» en las urnas por haber convertido el palacio municipal en un vestidor de golpeadores y cínicos.

