Por Carlos Hartig.
Mientras las crónicas de la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN) rescatan del polvo la memoria de San Blas como el astillero más importante del Pacífico mexicano —desde donde partieron expediciones fundamentales para la cartografía mundial—, el presente del municipio bajo el mando de José Antonio Barajas López se asemeja más a un naufragio administrativo. La brecha entre el glorioso pasado que relatan historiadores como Pedro Luna Jiménez y la cruda realidad de un puerto sumido en el bacheo cosmético es hoy una afrenta para los nayaritas que ven cómo el patrimonio se desmorona entre la desidia y la falta de visión gubernamental.
La soberbia de la administración actual ha ignorado que San Blas fue el motor económico que conectó a la Nueva España con Asia a través de la ruta de las Filipinas. Hoy, ese motor está gripado. Investigadores de la UAN han señalado reiteradamente que el Cerro de San Basilio y su emblemática Contaduría no requieren solo de visitas guiadas, sino de una política integral de conservación que el Ayuntamiento ha sido incapaz de gestionar ante la federación. La «historia» en San Blas se está cayendo a pedazos, literalmente, mientras el presupuesto municipal se diluye en nóminas infladas y eventos de relumbrón que no detienen el deterioro de los arcos coloniales ni de la iglesia de «La Marinera».

En el terreno social, la crítica hacia Barajas López se agudiza al contrastar el potencial turístico con las carencias básicas de la población. Según datos analizados por especialistas universitarios, San Blas arrastra un rezago histórico en infraestructura hidráulica que esta administración no ha tenido la voluntad de sanear. Es inadmisible que un puerto con una marina de clase mundial y atractivos como La Tovara no pueda garantizar servicios de drenaje eficientes en su casco urbano, provocando que los humedales, además de jejenes, reciban descargas que ponen en riesgo el ecosistema que tanto presumen en sus folletos publicitarios.
La gestión sanitaria es otro de los grandes fracasos que los ciudadanos le cobran al alcalde. La plaga de jejenes y mosquitos, citada en el texto de Eugenio Ortiz Carreño como el principal «ahuyentador» de turistas, es tratada por el gobierno municipal como un castigo divino inevitable y no como un problema de salud pública y manejo ambiental que requiere inversión científica. El desdén de los tepicenses que prefieren Aticama sobre el puerto no es un capricho; es la respuesta natural a una cabecera municipal que huele a abandono y que carece de una estrategia real de control de plagas que permita la pernocta del visitante.
La falta de transparencia y la nula vinculación con la academia también pesan sobre la figura del presidente municipal. A pesar de tener a la máxima casa de estudios del estado, la UAN, produciendo conocimiento constante sobre la importancia de San Blas en la Independencia —siendo el bastión donde el cura José María Mercado entregó su vida por la causa insurgente—, el gobierno local opera de espaldas a los expertos. No existe un plan de desarrollo que integre el conocimiento histórico con la economía circular; la administración de Barajas López se limita a cobrar impuestos a un comercio local que sobrevive a pesar de su gobierno, no gracias a él.
Finalmente, San Blas se encuentra en una encrucijada peligrosa: o se rescata su identidad como el puerto histórico de las misiones y el comercio global, o se termina de hundir en la intrascendencia como un pueblo de paso con calles rotas y monumentos en ruinas. La historia no perdonará a José Antonio Barajas López por haber tenido en sus manos la cuna de la marina colonial y haberla tratado como una simple ranchería de paso. El puerto que alguna vez fue la envidia de las potencias navales hoy pide a gritos una administración que, al menos, sepa leer la importancia del suelo que pisa.

