Por Carlos Hartig.
Lo que debería ser una rendición de cuentas para los ciudadanos del Distrito 13 de Jalisco se transformó en una ostentosa exhibición de excesos en Nayarit. El diputado federal del Partido del Trabajo (PT), José Luis Sánchez González, celebró con una «comida de agradecimiento» en Ixtlán del Río su designación para la medalla al mérito ciudadano «General Eulogio Parra 2026». El evento, lejos de ser un acto solemne, se convirtió en una fiesta donde la cerveza, el tequila y la banda fueron los protagonistas, pagados bajo la sombra de un cargo federal que el legislador parece ejercer solo para beneficio de su tierra natal y no de sus electores en Tlaquepaque.
Este festejo no es un hecho aislado, sino el banderazo de salida para una operación de nepotismo descarado. Mientras el diputado federal acumula al menos 16 carpetas de investigación por presuntos delitos que van desde el despojo hasta el fraude inmobiliario en ambos estados, utiliza estos eventos para «limpiar» su imagen y pavimentar el camino de su hija, Marisol Sánchez Navarro. Marisol, quien actualmente funge como Coordinadora del Grupo Parlamentario del PT en el Congreso de Nayarit, tiene bajo su mando el presupuesto de su bancada, una cifra que forma parte de los recursos legislativos estatales destinados a la gestión social, pero que en la práctica sirven para aceitar su maquinaria política.

La ambición del clan Sánchez no conoce fronteras ni escrúpulos. Marisol Sánchez ha hecho públicas sus aspiraciones para contender por la alcaldía de Ixtlán del Río, buscando heredar el control político que su padre ha construido mediante redes clientelares. Esta estrategia de «pinza» es una afrenta directa a la democracia: un padre que legisla por Jalisco pero vive y gasta en Nayarit, y una hija que utiliza el presupuesto del Congreso local para saltar a una presidencia municipal, convirtiendo al PT en una franquicia familiar que opera con recursos públicos de dos entidades distintas.
La fiesta en Ixtlán, amenizada por música de banda y regada con alcohol, es el símbolo perfecto de la desconexión del diputado con la realidad nacional. Mientras en la Cámara de Diputados se le cuestiona por su defensa de perfiles con antecedentes penales y por declaraciones incendiarias que le valieron un regaño en la conferencia presidencial, en Nayarit se presenta como un benefactor. Es la política del «doble lenguaje»: en la Ciudad de México se dice defensor del pueblo, pero en Ixtlán derrocha en festines que poco tienen que ver con el «mérito ciudadano» que dice representar.
El presupuesto que maneja Marisol Sánchez en el Congreso de Nayarit es la caja chica que financia este despliegue. Como coordinadora de bancada, su influencia en la asignación de recursos para «apoyos sociales» es la herramienta ideal para hacer campaña anticipada por la alcaldía. Esta estructura permite que la familia Sánchez mantenga un control absoluto, donde el poder no se gana con resultados, sino que se hereda y se celebra con banquetes pagados por el erario, mientras las denuncias por fraude contra el patriarca del clan siguen durmiendo el sueño de los justos en las fiscalías.
En conclusión, la medalla «Eulogio Parra» y su posterior borrachera con banda son el monumento al oportunismo. Los ciudadanos de Jalisco deben saber que su diputado federal está más preocupado por ganar una elección municipal en Nayarit para su hija que por subir a la tribuna a defender los intereses de Tlaquepaque. El «Clan Sánchez» ha perfeccionado el arte de vivir del presupuesto saltando de un estado a otro, dejando a su paso una estela de opacidad, nepotismo y un cinismo que se brinda con tequila en mano.

