Por Carlos Hartig.
En el ajedrez político de Nayarit, las presencias no son casualidad, sino mensajes de poder. La aparición de la arquitecta Zaira Iturbe junto a la alcaldesa Geraldine Ponce sacudió las estructuras locales, enviando una señal clara al “fuego amigo”: la edil no enfrenta sola las tensiones internas. Iturbe, artífice de la estructura morenista en los 20 municipios, aporta un peso específico que solo alguien con ascendencia real en las bases puede sostener.
Más allá del territorio, el valor de Iturbe radica en su blindaje cupular. Como operadora de confianza de la presidenta Claudia Sheinbaum y pieza estratégica en el equipo del secretario de Educación, Mario Delgado, representa el puente directo entre Nayarit y el centro de mando nacional. Su presencia convierte un acto cotidiano en una validación de alto nivel, conectando la movilización de a pie con la toma de decisiones en la Ciudad de México.
Esta alianza estratégica no es protocolaria; es una respuesta táctica ante las tensiones que acechan el proyecto de Ponce. Al mostrarse juntas, Iturbe pone sobre la mesa su capacidad de interlocución con actores clave de la administración federal, dejando claro que cualquier intento de desestabilización local chocará contra un muro de influencia nacional.
El mensaje es contundente: la dupla entre la experiencia operativa de Iturbe y el liderazgo de Ponce redefine las reglas del juego en Nayarit. La imagen de ambas figuras envía a la militancia y a los adversarios una advertencia silenciosa pero firme: la estructura territorial y el poder central están alineados.
Cuando el territorio se une con el centro político, los márgenes de error se reducen al mínimo. Hoy, esa unión tiene nombres propios y un objetivo común: blindar el proyecto de Geraldine Ponce frente a cualquier tormenta política.

