Por Carlos Hartig.
El norte de Nayarit no solo padece el olvido; padece una traición histórica que hoy se cuenta en balas, abandono y cinismo político. En el Distrito Electoral Local 1, que abarca Acaponeta, Huajicori y la margen izquierda de Rosamorada, la indignación ciudadana ha mutado en una rabia legítima contra el diputado de Morena, Salvador Castañeda Rangel. Desde el día en que las urnas le dieron el poder, este personaje se convirtió en un «fantasma» para sus electores. Castañeda Rangel prefirió sepultar sus promesas de campaña para atrincherarse en la comodidad del Congreso del Estado en Tepic, donde, cobijado por la burocracia dorada como Presidente de la Comisión de Gobierno, opera una agenda de espaldas a la tragedia humanitaria que desgarra a los municipios que lo llevaron a la cúspide política.
Para los habitantes de las rancherías y cabeceras municipales, la figura de su representante es un insulto viviente. Mientras Salvador Castañeda cobra puntualmente un sueldo que supera los 100 mil pesos mensuales —enriquecido con bonos de representación y opacos apoyos legislativos—, la gente de a pie sufre para conseguir el pan diario. La desconexión es tan aberrante que las familias ya olvidaron su rostro y su nombre; lo recuerdan únicamente como el cobrador de votos que utilizó la miseria del norte como un simple trampolín para su beneficio personal. Es la viva imagen de la opulencia parlamentaria financiada directamente por el desamparo de miles de familias que hoy no tienen a quién recurrir en el Congreso del Estado.
El verdadero rostro de este abandono se esconde en la Sierra de Huajicori, una zona que los discursos oficiales de la llamada transformación intentan maquillar, pero que los datos duros desnudas por completo. El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL) y el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) sepultan las mentiras gubernamentales: Huajicori arrastra un índice de pobreza multidimensional superior al 63 por ciento de su población. Aquí no hay empleo formal, la economía local está muerta y las familias indígenas y mestizas sobreviven de milagro con una agricultura de temporal precaria, viendo cómo sus jóvenes se ven obligados a migrar en masa debido a la absoluta inexistencia de proyectos de desarrollo económico regional que el propio Presidente del Congreso se ha negado a gestionar.
Vivir en la sierra hoy en día significa carecer de los derechos más elementales para la dignidad humana. De acuerdo con el INEGI y la Secretaría de Bienestar, el rezago educativo en el norte del estado es una condena generacional: escuelas con techos caídos, sin maestros asignados y separadas por caminos de terracería tan destruidos e intransitables que aíslan por completo a los niños. Estudios de vulnerabilidad de la Universidad Autónoma de Nayarit (UAN) confirman además una asfixiante dependencia económica en los hogares serranos; un solo miembro de la familia debe sostener a hogares enteros que, para colmo de males, carecen en altos porcentajes de infraestructura básica como agua entubada, drenaje y electricidad. El olvido legislativo es una soga al cuello de la economía familiar.
Pero el abandono fáctico de Salvador Castañeda cobró su precio más alto en la vida y la paz de sus representados, convirtiendo a Huajicori en una zona de emergencia y terror. La región de la sierra ha quedado atrapada bajo el yugo del crimen organizado y un fuego cruzado sangriento que ya ha dejado masacres brutales, como el hallazgo de 11 cuerpos ejecutados en Las Antenas, ráfagas de balas contra fachadas de viviendas y ataques armados que obligaron a la humillante cancelación de fiestas patronales históricas. El horror provocó un éxodo desgarrador: comunidades enteras como Santa María de Picachos y San Andrés Milpillas sufrieron el desplazamiento forzado interno, con familias huyendo descalzas por el monte para salvar la vida, dejando atrás sus hogares, tierras y animales. Frente a esta crisis de sangre y lágrimas, el silencio del Presidente del Poder Legislativo es total, cómplice y cobarde; no ha alzado la voz para exigir cuentas a los mandos policiacos ni ha pisado la sierra para gestionar un solo refugio para las víctimas de la violencia.
Lo más ruin y moralmente podrido de este panorama es que, sobre el suelo ensangrentado de la sierra, los operadores y promotores políticos de Morena ya han comenzado a condicionar el voto para los procesos futuros. Los habitantes denuncian con profunda impotencia que estos grupos recorren las comunidades amenazando de manera directa con quitarles los programas de la Secretaría del Bienestar —como las pensiones de adultos mayores o las becas de los jóvenes— si no votan ciegamente por el partido oficial. Esta coacción perversa y criminal utiliza el miedo al hambre y la necesidad extrema de los desplazados y los pobres como moneda de cambio para retener las curules y los privilegios de la clase gobernante en Tepic, pisoteando la dignidad ciudadana.
Sin embargo, el dolor de los pueblos del norte se está convirtiendo en memoria combativa. Huajicori, Acaponeta y la margen izquierda de Rosamorada tienen perfectamente claro que el tiempo de los políticos invisibles expira. El calendario corre de manera inexorable hacia las elecciones intermedias de 2027. Será en la intimidad y el poder absoluto de las urnas donde los ciudadanos, libres de amenazas y blindados por el secreto de su voto, cobren con creces la factura de la soberbia, el desprecio y el abandono de su actual diputado local, Salvador Castañeda Rangel. El norte de Nayarit se alista para demostrar que el poder emana del pueblo que sufre en la sierra, y no de los escritorios de lujo de la capital del estado.

