Zapata
En política hay algo más revelador que los discursos: “El miedo”.
Por Javier Zapata.
Cuando un gobierno se siente fuerte, gobierna. Cuando se siente seguro, informa. Cuando tiene claridad de rumbo, convence. Pero cuando el miedo comienza a instalarse en los pasillos del poder, las conferencias se vuelven defensivas, las explicaciones contradictorias y las respuestas terminan generando más preguntas que certezas.
México atraviesa uno de esos momentos.
Más allá de las simpatías o antipatías partidistas, existe una realidad que ningún ciudadano responsable puede ignorar: las instituciones se encuentran sometidas a una presión extraordinaria. La inseguridad continúa siendo la principal preocupación nacional, los grupos criminales mantienen capacidad operativa en amplias regiones del país y la confianza ciudadana en la justicia sigue erosionándose.
En ese contexto han surgido versiones, investigaciones y señalamientos que involucran a personajes políticos, mandos de seguridad y presuntos vínculos con estructuras criminales. Algunas de estas acusaciones provienen de tribunales o investigaciones extranjeras; otras forman parte de disputas políticas internas. Lo preocupante no es únicamente la existencia de las acusaciones, sino la ausencia de respuestas contundentes y transparentes.
Porque cuando la verdad tarda demasiado en llegar, la especulación ocupa su lugar.
El problema de cualquier gobierno no comienza cuando es señalado. El problema inicia cuando pierde la capacidad de convencer a la sociedad de que nada tiene que ocultar.

La historia reciente de México demuestra que ningún proyecto político es invulnerable. Los partidos que ayer se presentaban como salvadores terminaron reproduciendo prácticas que prometieron combatir. La corrupción cambió de colores, de discursos y de protagonistas, pero siguió lastimando al país.
Y aquí aparece un tema particularmente delicado: las fuerzas armadas.
Durante décadas, el Ejército mexicano ha sido una de las instituciones con mayor confianza social. Precisamente por ello, cualquier señalamiento que involucre a mandos militares debe investigarse con absoluta seriedad, sin condenas anticipadas pero también sin blindajes políticos.
“Nadie puede estar por encima de la ley”.
Ni un gobernador.
Ni un secretario.
Ni un general.
Ni un expresidente.
Ni una presidenta.
La verdadera fortaleza del Estado, no consiste en proteger funcionarios; consiste en proteger instituciones.
Por eso resulta preocupante observar cómo el debate público se ha polarizado hasta el extremo de que cualquier cuestionamiento es considerado un ataque y cualquier investigación es presentada como conspiración.
La democracia no funciona así.
La democracia exige rendición de cuentas.
La democracia exige transparencia.
La democracia exige que quien ejerce el poder responda ante la ley exactamente igual que cualquier ciudadano.
México no necesita héroes políticos. Necesita instituciones fuertes.
Tampoco necesita fanáticos que defiendan a ciegas a sus líderes. Necesita ciudadanos capaces de exigir resultados sin importar quién ocupe el cargo.
La pregunta de fondo, no es si un movimiento político caerá o sobrevivirá.
La verdadera pregunta es, si el Estado mexicano será capaz de demostrar que la justicia puede alcanzar a cualquiera que haya traicionado la confianza pública.
Porque si las acusaciones son falsas, deben desmontarse con pruebas.
Y si son verdaderas, deben castigarse con toda la fuerza de la ley.
No hay una tercera opción.
Desde esta trinchera lo decimos con claridad: el mayor enemigo de México no es la oposición, ni el oficialismo, ni los gobiernos extranjeros.
“El mayor enemigo de México sigue siendo la impunidad”.
Y mientras la impunidad siga protegida por el poder, el miedo continuará creciendo detrás de las puertas que hoy intentan mantenerse cerradas.
La historia siempre termina alcanzando a quienes creen que pueden escapar de ella.
Y cuando llega ese momento, ya no importan los discursos. Sólo importan los hechos.
Correo: zapata.nayarit@gmail.com

