Carlos Avendaño
Por Carlos Avendaño.
El problema no son los señalamientos; el problema es que ya nadie se sorprende. “Ahora resulta que todos los funcionarios sinaloenses llamados a declarar son blancas palomas y los sinaloenses unos pendejos mentirosos”. Esta fue la frase de Manuel Clouthier que no es elegante, pero tampoco diplomática, y mucho menos políticamente correcta. Pero tiene una virtud incómoda: pone el dedo exactamente en donde duele. Porque el verdadero escándalo no son los rumores, las acusaciones o los señalamientos que periódicamente aparecen sobre funcionarios públicos. El verdadero escándalo es que la reacción oficial siempre es la misma: negarlo todo, desacreditar a quien pregunta y exigir fe ciega como si la confianza ciudadana fuera un cheque en blanco. En Sinaloa ya no existe el beneficio de la duda, porque lo mataron años de corrupción, de impunidad, de complicidades políticas y de gobiernos que prometieron limpiar la casa mientras escondían la basura debajo de la alfombra. Cada vez que surge una acusación contra algún funcionario, la respuesta institucional parece sacada de una fotocopiadora: “todo es falso”, “es una campaña”, “no hay pruebas”, “es politiquería”. Y puede que tengan razón o puede que no, porque por eso existen las investigaciones. Lo absurdo es que algunos esperan que la sociedad aplauda las explicaciones oficiales sin hacer preguntas. Como si la credibilidad se decreta desde una conferencia de prensa. La confianza pública no funciona así, porque debe ganarse. Y cuando una sociedad vive años observando violencia, impunidad y una distancia cada vez mayor entre el discurso gubernamental y la realidad cotidiana, lo que desaparece no es la crítica, sino que desaparece la credibilidad. Lo preocupante es que muchos políticos siguen creyendo que el problema es quienes sospechan y no las razones que generan la sospecha. Es una lógica extraordinaria, si los ciudadanos dudan, el problema son los ciudadanos, si cuestionan, son malintencionados, si exigen explicaciones, son adversarios. Bajo esa visión, la única ciudadanía aceptable es la que aplaude, la que calla, la que no pregunta, la que no incomoda. Pero la democracia funciona exactamente al revés. Los gobiernos están obligados a rendir cuentas, los ciudadanos no están obligados a creerles por decreto. Porque cuando la confianza se desploma, cada nuevo escándalo encuentra terreno fértil. Y entonces ocurre algo devastador para cualquier gobierno, la gente ya no sabe qué es verdad y qué es mentira, tan solo sabe que dejó de creer. Y cuando un gobierno pierde la credibilidad, ya no enfrenta una crisis de comunicación, enfrenta una crisis de legitimidad…
El recibo de los 80 pesos de Imelda. Hay noticias que indignan y hay noticias que insultan. La versión de que la senadora Imelda Castro Castro tendría un recibo de electricidad por apenas 80 pesos cayó en Culiacán como una cubeta de gasolina sobre una fogata. La reacción fue por demás inmediata: “¡No es justo!” Y francamente resulta difícil culpar a quienes reaccionaron así, porque mientras miles de familias sinaloenses viven con el termómetro rondando los más de 40 grados, revisando el medidor como si fuera una bomba de tiempo y rezando para que el próximo recibo no llegue más caro que el anterior, aparece una cifra que parece sacada de un universo paralelo. El ciudadano común conoce perfectamente el ritual de encender el aire acondicionado porque genera culpa. Usar un ventilador adicional provoca preocupación y todavía abrir el recibo de la luz produce más ansiedad que revisar el estado de cuenta de la tarjeta de crédito. En Sinaloa, el calor no es un lujo, sino que se ha convertido en una condena natural. Y combatirlo tampoco debería de ser un privilegio. Por eso la molestia no gira solamente alrededor de una cantidad específica de dinero porque la molestia nace de algo mucho más profundo. Todo parece indicar que la percepción es que existen dos países. El de los ciudadanos que trabajan, pagan y sobreviven, y el de los políticos que parecen vivir bajo reglas distintas, como es el caso de la senadora Imelda Castro. Mientras una familia promedio calcula cada kilowatt que consume para evitar que el recibo se dispare, la clase política suele hablar de sacrificios desde las oficinas climatizadas, las camionetas climatizadas y los edificios climatizados. Es difícil pedir empatía cuando la realidad de unos y de otros parece tan distante. Lo más preocupante para cualquier gobierno no es la cifra en sí, es la desconfianza que genera. Porque cuando los ciudadanos comienzan a creer que las reglas no son iguales para todos, la credibilidad institucional empieza a evaporarse más rápido que el agua bajo el sol de Sinaloa. La gente no quiere privilegios, quiere explicaciones, quiere transparencia, quiere saber por qué paga lo que paga. Quiere entender por qué el calor castiga igual a todos, pero aparentemente no todos reciben la misma factura de la CFE. Y mientras estas respuestas no lleguen, cada recibo seguirá siendo mucho más que un cobro. Será un recordatorio de la enorme distancia que separa a Imelda Castro de sus gobernados. Porque en Sinaloa el calor es democrático, pero lo que muchos dudan es que las tarifas también lo sean…
La negación según San Pedro, versión política sinaloense. La flamante diputada federal Graciela Domínguez Nava rechazó terminantemente el considerarse Rochista. Y como suele ocurrir en la política, estas declaraciones provocaron reacciones de forma más que inmediata. Algunos la acusan de distancia estratégica, otros hablan de ruptura, y no faltan quienes desempolvan las comparaciones bíblicas sobre lealtades que cambian cuando soplan los nuevos vientos. Porque resulta por demás que inevitable el recordar aquella escena del evangelio: El apóstol Pedro juró lealtad absoluta, hasta que llegó la presión, y después vino la negación. Claro, comparar episodios religiosos con la política mexicana quizá sea injusto para la religión, porque aquí las conversiones ideológicas suelen ocurrir con una velocidad admirable. La pregunta incómoda no es si alguien fue o no Rochista, la verdadera pregunta es: ¿En dónde termina la convicción política y en dónde comienza el instinto de supervivencia electoral? Porque en tiempos tranquilos abundan las fotografías, los respaldos y las cercanías. Pero cuando aparece la crisis, los señalamientos o el desgaste, muchos descubren repentinamente que siempre estuvieron lejos del proyecto que se cuestiona. La memoria política mexicana es curiosa, a veces selectiva, a veces conveniente, y casi siempre, más corta de lo que quisieran los ciudadanos. Aquí lo realmente interesante del asunto no es únicamente la postura de Graciela Domínguez, lo interesante es el momento. Porque cuando se acercan los procesos electorales, ocurre un fenómeno conocido: las viejas lealtades entran a la revisión, las antiguas cercanías pierden el entusiasmo, y algunos apellidos políticos, empiezan a pesar más como carga que como respaldo. La política tiene una regla silenciosa: mientras el poder protege, abundan los aliados, pero cuando el costo aumenta, aparecen los deslindes. Esto no prueba oportunismo automáticamente, pero sí alimenta algunas preguntas, porque el ciudadano observa y recuerda. Al final de cuentas, quizá el debate no sea quién niega a quién, sino quién estuvo dónde y cuándo el poder era cómodo, y quién decide cambiar de distancia cuando deja de serlo. Y en política estimado lector, el canto del gallo suele escucharse mucho más fuerte cuando se acercan las elecciones. Salvo su mejor opinión…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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