Carlos Avendaño
Por Carlos Avendaño.
El acarreo del bienestar. Dicen que los tiempos cambian, que México vive una transformación histórica y que las viejas prácticas del PRI quedaron enterradas en el basurero de la historia, pero lo curioso es que cada vez que uno observa ciertos eventos políticos, pareciera que este basurero tiene servicio de reciclaje. Este domingo, la explanada de Palacio de Gobierno en Sinaloa lució abarrotada para seguir el segundo informe de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Miles de personas soportaron temperaturas superiores a los 40 grados para escuchar el mensaje presidencial. Y hay que reconocerles algo: el gobierno pensó en todo, porque hasta hubo paraguas para protegerse de las inclemencias del sol. Hubo atención médica para los golpes de calor, hubo logística, organización y transporte. Lo único que faltó fue explicar por qué tantos empleados gubernamentales parecían estar ahí con el mismo entusiasmo que alguien que acude a una cita con el dentista para una extracción de una muela, pero sin anestesia. Las imágenes que circularon en las benditas redes sociales mostraron largas filas, camiones repletos de asistentes y una movilización digna de los mejores años del corporativismo mexicano. Aquellos años que MORENA juró combatir, aquellos años que MORENA prometió que iba a desterrar, aquellos años que MORENA aseguró representar todo lo contrario, pero que resultaron que cuando el poder cambia de manos, muchas veces las convicciones también cambian de domicilio. Durante décadas, la izquierda denunció los acarreos, las listas de asistencia, las presiones laborales y las movilizaciones masivas organizadas desde las estructuras gubernamentales. Hoy, cuando las mismas escenas aparecen bajo otros colores partidistas, algunos descubren repentinamente que la movilización es la participación ciudadana, que los camiones son la logística institucional y que las concentraciones multitudinarias son muestras espontáneas del amor político, vaya conveniencia. Porque en la política mexicana los principios suelen ser como los paraguas repartidos en la explanada del palacio de gobierno estatal, se usan únicamente cuando el sol pega fuerte. Lo verdaderamente preocupante no es que existan eventos masivos, porque toda fuerza política busca demostrar su músculo. Aquí lo meramente preocupante es la sospecha permanente de que muchos de los asistentes no acudieron por convicción, sino por necesidad. Porque cuando un trabajador siente que su empleo depende de estar presente en un acto político, la participación deja de ser voluntaria y comienza a parecerse peligrosamente a la obediencia. Y si algo prometió la llamada Cuarta Transformación fue precisamente acabar con estas viejas prácticas. Al final de cuentas, el evento dejó una imagen difícil de ignorar. Miles de personas bajo un calor sofocante, escuchando un discurso sobre transformación mientras reproducían una de las tradiciones más antiguas de la política mexicana. Innegablemente que solo cambiaron los colores, cambiaron los discursos, cambiaron los protagonistas. Pero el acarreo sigue llegando puntualmente, como en los viejos tiempos, solo que ahora le llaman bienestar…
Mientras hablaban de transformación, Culiacán ardía. Hay días en que la realidad le arranca la máscara a la propaganda y justamente este pasado domingo fue uno de ellos. Mientras miles de personas eran convocadas para escuchar el informe presidencial en la explanada de Palacio de Gobierno, Culiacán escribió otra página sangrienta de una crisis de seguridad que parece no tener fin. Las cifras son por demás demoledoras. En apenas unas horas del domingo se registraron múltiples homicidios, entre ellos siete personas fallecidas durante una riña al interior del penal de Aguaruto y el asesinato de un comandante de la Policía Estatal Preventiva. Como si esto no fuera suficiente, el sábado ya había dejado otro saldo mortal con varias personas asesinadas. La violencia no descansó, no pidió permiso, no respetó discursos, no suspendió actividades por tratarse de un día políticamente importante. Porque mientras el gobierno hablaba de sus logros, la realidad hablaba de sus muertos, y la realidad suele ser mucho más convincente. Resulta imposible no preguntarse en qué país viven algunos funcionarios cuando insisten en vender una narrativa de normalidad que choca de frente contra lo que estamos observando diariamente miles de sinaloenses. Porque para la familia que perdió a un hijo, a un padre o a un hermano, los discursos no sirven de escudo. Para el comerciante que baja temprano la cortina por miedo, las estadísticas maquilladas no generan tranquilidad. Para los ciudadanos que escuchan balazos más seguido que buenas noticias, los boletines oficiales se han convertido en literatura de ficción. Lo ocurrido al interior del penal de Aguaruto es especialmente grave, porque las cárceles deberían representar el control del Estado. Cuando la violencia estalla dentro de los propios centros penitenciarios, la pregunta inevitable es: ¿Quién tiene el control realmente? Y esta es una pregunta que el gobierno no puede seguir esquivando. Porque la seguridad pública no se mide por el número de eventos multitudinarios, ni por la cantidad de aplausos en una plaza, ni por las reproducciones de un video en las redes sociales. Se mide por la capacidad de los ciudadanos para vivir sin miedo, y en Sinaloa, el miedo sigue teniendo más presencia que el Estado. La tragedia es que ya nos estamos acostumbrando demasiado, porque cada fin de semana violento desplaza al anterior. Cada cifra sustituye a la anterior, cada asesinato compite con el siguiente por unos cuantos minutos de atención. Y cuando una sociedad se acostumbra a la violencia, el problema deja de ser únicamente de seguridad, porque se convierte en una derrota moral. Mientras los políticos cuentan asistentes, los ciudadanos cuentan muertos, y esta es una diferencia que ningún informe de gobierno puede ocultar…
“Aquí estoy yo, pregunten cosas buenas”, esta frase se le atribuye a la gobernadora de Sinaloa, Yeraldine Bonilla Valverde, quien quizás buscaba redirigir la atención hacia el Aquatón y la recaudación de agua para comunidades afectadas por la sequía. Pero en política ocurre algo curioso: entre más se evita una pregunta, más grande suele hacerse. Porque el cuestionamiento original no giraba alrededor del evento ni de la causa social, porque la duda era otra: ¿Por qué la ausencia de Eneyda Rocha Ruiz en un acto en donde históricamente había tenido mucha presencia? Y ahí aparece el choque clásico entre la comunicación política y el periodismo. Los gobiernos quieren hablar de resultados, de campañas y de mensajes positivos. Los medios suelen preguntar sobre las ausencias, las contradicciones o los temas incómodos. Ambas cosas forman parte del espacio público. La ironía resulta inevitable: una campaña para llevar agua a las comunidades golpeadas por la sequía termina generando conversación alrededor de los silencios políticos. Porque el problema rara vez es la ausencia en sí, el problema suele ser la falta de explicación, y cuando no hay respuestas claras, aparecen las interpretaciones. Quizá la ausencia tenga motivos personales, logísticos o institucionales perfectamente válidos, esto puede ocurrir, pero el vacío informativo tiene una costumbre antigua: rara vez permanece vacío porque se llena con especulación. La frase de Yeraldine “Pregunten cosas buenas” además deja otra reflexión incómoda. En democracia, las preguntas relevantes no siempre son cómodas y el trabajo público rara vez incluye elegir únicamente las preguntas favorables. Porque gobernar implica también responder cuando el tema resulta incómodo. Mientras tanto, el fondo del evento permanece: comunidades afectadas por la sequía siguen necesitando agua y apoyo. Este problema es tangible y quizás merece atención como las ausencias políticas. Aunque la realidad mexicana demuestra que a veces los silencios terminan robando protagonismo incluso a las causas más urgentes…
Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…
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