Por Carlos Hartig.
La decadencia en Santiago Ixcuintla ha cruzado la línea de lo cínico para convertirse en una tragedia social. Mientras el municipio se cae a pedazos entre baches monumentales, servicios públicos colapsados y una inseguridad que galopa sin freno, el alcalde Sergio González García ha sido captado en su hábitat predilecto: las salas de apuestas. Con la mirada perdida en el brillo de las máquinas tragamonedas, el mandatario exhibe una indolencia criminal, demostrando que su prioridad no es sacar adelante al pueblo, sino alimentar un vicio que lo mantiene alejado de la realidad que juró transformar.
El contraste es una bofetada para la clase trabajadora. Actualmente, el conflicto con el SUTSEM mantiene una tensión insostenible en el ayuntamiento; los empleados sindicalizados claman por el pago de prestaciones devengadas y el respeto a sus derechos laborales, mientras la administración se escuda en una supuesta «austeridad». Sin embargo, para González García la austeridad no existe cuando se trata de apostar como un magnate de Las Vegas. Es un insulto que el dinero del erario se diluya en las cajas de los casinos mientras las familias de los trabajadores municipales sufren para cubrir sus necesidades básicas por la negligencia de su líder.

La situación de Santiago es crítica y visible en cada esquina. La basura se acumula en las colonias, el alumbrado es una reliquia del pasado y el sistema de agua opera con parches, pero el «Pipiripao» prefiere invertir sus horas —y presuntamente los recursos del pueblo— en el azar. No es solo un problema de vida privada; es una patología política. Un hombre que no puede controlar su impulso de «tirar el dinero» en una máquina no tiene la capacidad moral ni mental para administrar los impuestos de miles de ciudadanos que hoy se sienten traicionados.
Este alcalde pasará a la historia no por sus obras, sino por su capacidad para ignorar el rugido de protesta del SUTSEM mientras se deleita con el tintineo de las monedas. La falta de sensibilidad es absoluta: se necesita un grado de desfachatez extremo para ser un vicioso confeso en medio de una crisis administrativa que tiene al ayuntamiento al borde del colapso. Mientras los líderes sindicales exigen mesas de diálogo, Sergio González parece estar más preocupado por el «jackpot» que por liquidar las deudas institucionales que asfixian al municipio.
Santiago Ixcuintla hoy es un pueblo sin ley y sin guía. La ausencia de autoridad es total porque el mando está depositado en alguien que prefiere la adrenalina del juego a la disciplina del escritorio. Las calles oscuras y la falta de patrullajes son el resultado directo de una gestión que ha apostado el futuro de la gente a la suerte. Ver al presidente municipal entregado a la ludopatía es la confirmación de que el ayuntamiento ha sido convertido en una extensión de sus vicios personales, donde el pueblo siempre termina perdiendo la partida.
El cinismo con el que se desplaza en estos centros de vicio, como se muestra en las recientes denuncias ciudadanas, revela a un sujeto que ha perdido el respeto por su investidura. Sergio González ya no gobierna; él simplemente apuesta a que el tiempo pase mientras el SUTSEM sigue en pie de guerra y el pueblo se resigna a la miseria. Es un apostador sin escrúpulos que ha dejado la silla presidencial vacía para ocupar un banco frente a una pantalla de tragamonedas, dilapidando la última pizca de dignidad que le quedaba ante los ojos de Nayarit.
Basta de simulaciones y de un gobierno de «suerte». Santiago exige un rescate inmediato de sus instituciones antes de que el alcalde termine de apostar hasta el último ladrillo del palacio municipal. La sociedad y los trabajadores organizados no pueden seguir financiando el estilo de vida de un personaje que resultó ser un lobo con piel de oveja, más interesado en los números de la ruleta que en los indicadores de bienestar social. ¡Exigimos que el alcalde deje el casino y se ponga a trabajar, o que renuncie por su evidente incapacidad ética!

