Por Ricardo Reyes.
Mientras en miles de hogares mexicanos se preparan flores, desayunos y abrazos para festejar el Día de las Madres, para otras miles de mujeres esta fecha representa un recordatorio lacerante de la ausencia. No hay torta, ni regalos, ni motivo de alegría. Solo el vacío profundo de un hijo o hija desaparecido, y la incansable búsqueda de verdad y justicia.
“Para nosotras el 10 de mayo no es de fiesta, es de lucha y de protesta”, repiten una y otra vez las integrantes de colectivos de madres buscadoras a lo largo del país. En lugar de celebraciones familiares, muchas acuden a marchas en Paseo de la Reforma, veladas en el Monumento a la Madre o continúan sus jornadas de búsqueda en fosas clandestinas, barrancas y terrenos irregulares.
Según reportes recientes, México supera las 133,000 personas desaparecidas y no localizadas. La cifra ha seguido creciendo, con un aumento del 10.5% solo en 2025 respecto al año anterior, según Amnistía Internacional. Detrás de cada número hay una familia destrozada, y en la primera línea de la exigencia están las madres.
Estas mujeres han roto el rol tradicional para convertirse en defensoras de derechos humanos. Recorren kilómetros bajo el sol, excavan con sus propias manos, enfrentan amenazas, estigmatización y, en muchos casos, la violencia directa. Al menos 35 madres buscadoras han sido asesinadas desde 2010, 25 de ellas durante los gobiernos de la Cuarta Transformación, de acuerdo con registros de organizaciones como Artículo 19.
“Buscamos en vida, porque sabemos que nuestros hijos pueden estar vivos. Pero también sabemos que el Estado muchas veces no quiere encontrarlos”, señalan activistas en diferentes colectivos.
Casos como el de Ceci Flores, de Sonora, ilustran el drama: dos de sus hijos fueron desaparecidos. Gracias a la presión de otras madres, uno de los más pequeños fue liberado un 10 de mayo. El otro sigue sin aparecer. Historias similares se multiplican en Jalisco, Coahuila, Guerrero, Veracruz, Tamaulipas y el Estado de México, entidades con alta incidencia de desapariciones.
Este año, nuevamente, los colectivos convocaron a marchas y actos simbólicos. Con fotografías de sus seres queridos colgadas al pecho, flores blancas y mantas exigiendo “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, las madres recorrieron las calles de la capital y otras ciudades. Exigen no solo la localización de sus hijos, sino también la identificación de miles de restos humanos que permanecen sin nombre en fosas comunes y servicios forenses saturados.
Organizaciones de la sociedad civil y organismos internacionales han documentado la crisis como un fenómeno generalizado, con indicios de desapariciones forzadas en un contexto de violencia del crimen organizado, colusión de autoridades y una impunidad que supera el 90% en muchos casos.
Mientras el país intenta normalizar la fecha con campañas comerciales, las madres buscadoras recuerdan que, mientras no haya respuestas, el 10 de mayo seguirá siendo un día marcado por el dolor, la tristeza y la aflicción, pero también por la dignidad y la resistencia.
“No tenemos nada que celebrar. Solo exigimos que nos regresen a nuestros hijos”, es el clamor que resuena año con año. Un clamor que, hasta ahora, las instituciones no han logrado acallar ni responder con la urgencia que miles de familias demandan.

