Por Omar Ayala.
Su trayectoria es, sin exagerar, poco común: en un periodo relativamente corto transitó del Congreso local a posiciones dentro del Ejecutivo; pasó por áreas técnicas e incluso por un encargo en seguridad pública; regresó al Legislativo, lo presidió y, finalmente, llegó al núcleo del poder como Secretaria General de Gobierno. Hoy, bajo el mecanismo constitucional, asume la titularidad del Ejecutivo estatal.
Este tipo de recorridos suele explicarse de forma simplista: como imposición o como golpe de suerte. Pero la realidad política rara vez es tan lineal.
Sostener una trayectoria así exige algo más difícil de nombrar: lectura del entorno, disciplina operativa, construcción de confianza y, sobre todo, consistencia cuando otros quedan fuera. No se trata solo de estar en el lugar correcto; se trata de entender por qué estás ahí y responder a esa expectativa.
Es importante decirlo con claridad: esto no es un elogio ni un señalamiento. No pretende adular ni vituperar, sino reconocer que hay perfiles que, por distintas razones, se vuelven funcionales dentro de un sistema complejo y, en coyunturas críticas, terminan ocupando posiciones clave.
Por eso, su llegada no puede leerse únicamente como la consecuencia automática de una norma o por explicaciones poco honorables poniendo en duda la inteligencia que su trayectoria demuestra. También es el resultado de una convergencia más profunda entre circunstancias, decisiones y capacidades.
Y cuando, en política, la casualidad y la causalidad coinciden en una misma persona, casi nunca es un accidente.
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