Bajo el cinismo de quien no conoce la vergüenza ideológica, Francisco Monroy pretende saltar del PRI al oficialismo, buscando en Morena el refugio que su desgastado apellido ya no le garantiza. Amparado por la sombra de su tía Alicia y colgándose del liderazgo ajeno en la capital, el ex diputado local personifica el oportunismo más puro en su desesperada carrera por el poder.
Por Carlos Hartig.
La política en Compostela parece condenada a repetirse bajo los mismos apellidos, aunque ahora pretendan disfrazarse con el guinda de la transformación. Francisco «Pancho» Monroy, quien ocupó una curul como diputado local en la XXXI Legislatura bajo el cobijo absoluto del PRI, ha iniciado una maniobra de supervivencia extrema: intentar infiltrarse en Morena. Este movimiento no es visto como una evolución política, sino como el último recurso de un clan que, tras décadas de cacicazgo y control regional, busca desesperadamente no quedar fuera del presupuesto y del mando municipal en el próximo proceso electoral.
El historial de Monroy es inseparable del legado de su tía, Alicia Monroy. La exalcaldesa, conocida por su capacidad de mover las piezas políticas a su conveniencia desde la sombra, es hoy la principal operadora de este salto al vacío. Alicia, cuyo nombre está vinculado a los años más grises del priísmo en Nayarit y a escándalos que marcaron su gestión, pretende ahora que su sobrino sea aceptado en las filas del oficialismo. Ignoran que el estigma de su pasado y los vínculos familiares que arrastran resultan una carga sumamente pesada para cualquier proyecto que presuma de renovación y honestidad.
La estrategia de Francisco Monroy es tan clara como oportunista: busca consolidar una posición sólida mediante una alianza estratégica con el liderazgo político de la alcaldesa de Tepic, Geraldine Ponce. Al reconocer en Ponce a una figura joven con un mando real y una estructura vigente en la capital, Monroy intenta «colgarse» de ese impulso para limpiar su imagen y asegurar la candidatura que por mérito propio no ha podido consolidar. Es el retrato de la vieja guardia camaleónica: un político que jura lealtad al PRI hasta que el barco se hunde, para luego tocar las puertas de la cuarta transformación de la mano de su tía.
En este escenario, Monroy apuesta a que la suma de dos liderazgos le den la alcaldía de Compostela: el respaldo operativo de Alicia Monroy —maestra en las viejas formas de la movilización— y el respaldo del liderazgo de Geraldine Ponce. Sin embargo, esta mezcla resulta indigesta para la militancia de base, que ve con recelo cómo un ex legislador priísta de la XXXI Legislatura pretende dar lecciones de moral política solo porque ha decidido cambiar de color de camisa. La pregunta es obligada: ¿qué lealtad puede ofrecer alguien que brinca de partido según sople el viento del poder?
Resulta revelador que, tras años de ser el «delfín» del priísmo local, hoy Pancho Monroy se rinda ante el liderazgo que representa la alcaldesa capitalina buscando una tabla de salvación. Su reciente acercamiento no es coincidencia, sino un cálculo frío para intentar borrar el rastro de su pasado legislativo y los escándalos que rodearon al clan de su tía. Monroy carece de una identidad política propia; sigue siendo la pieza que Alicia Monroy intenta acomodar en un tablero que ya no es el suyo, buscando ahora en Morena el refugio para sus ambiciones personales.
Compostela se encuentra ante la oportunidad de frenar este reciclaje descarado. Seguir permitiendo que personajes con trayectorias tan grises y lealtades tan volátiles pretendan gobernar bajo cualquier sigla, es condenar al municipio al estancamiento. Francisco Monroy no representa un cambio, sino la persistencia de un pasado que se niega a retirarse con dignidad. El poder en Nayarit ha cambiado de manos y, por más que el sobrino de Alicia intente mimetizarse con los nuevos liderazgos, el rastro del oportunismo siempre termina por pasar factura frente a un electorado que ya no olvida.

