Bajo la sombra del imponente volcán Ceboruco, este nuevo Pueblo Mágico despliega un abanico de sensaciones que van desde la adrenalina de sus fumarolas activas hasta la elegancia de su histórica feria taurina. Ahuacatlán se revela como un crisol donde la fe de octubre, el arte indígena y un pasado de alcurnia se funden para ofrecer al viajero la experiencia más auténtica y profunda del occidente mexicano.
Por Carlos Hartig.
En las entrañas de Nayarit, donde el volcán Ceboruco vigila como un titán de obsidiana, se encuentra Ahuacatlán, el flamante Pueblo Mágico que ha decidido detener el tiempo para celebrar la vida. Este «Edén volcánico» no es solo un refugio de arquitectura colonial y leyendas nahoas, sino el escenario de una de las festividades más vibrantes del país. Aquí, la bruma de las fumarolas activas se mezcla con el polvo dorado de su tradición taurina y el aroma de la birria tatemada, creando un espectáculo sensorial que posiciona a este rincón como el epicentro del turismo con identidad, donde la historia se escribe con valor y color.
El alma de este municipio se desborda cada octubre durante sus Fiestas Patronales, una celebración que transforma el pueblo en un carnaval de fe y algarabía en honor a San Francisco de Asís. El clímax inicia con el famoso «Rompimiento», un desfile electrizante que inunda las calles empedradas con carros alegóricos, bandas de viento y el zapateado del Ballet Folklórico Obsidiana. En este periodo, las familias abren sus puertas con una hospitalidad serrana legendaria, compartiendo mesas donde el pozole de camarón y el tequila local sellan la comunión entre los habitantes y los viajeros que llegan de todo el país.
Dentro de este marco festivo, el eco de los clarines marca el pulso real de la celebración: la Corrida de Toros de Ahuacatlán es un ritual de identidad que se remonta a la época colonial, cuando el Camino Real trajo consigo la gallardía de la fiesta brava. Esta plaza, impregnada de solera y prestigio, es la única en el estado que mantiene viva la llama de la tauromaquia con una seriedad que atrae a las figuras más destacadas del escalafón internacional. Asistir a una tarde de toros aquí es presenciar un cuadro plástico inigualable, donde el traje de luces del matador destella bajo el sol serrano mientras el público celebra la herencia de una tierra indomable.
Para el turista que busca una inmersión total, Ahuacatlán ofrece una agenda inagotable de experiencias. El ascenso al volcán Ceboruco es obligado; los guías locales conducen a los viajeros por senderos de lava petrificada hasta llegar a las fumarolas, donde se vive la experiencia surrealista de cocinar alimentos con el vapor natural de la tierra. Tras el descenso, no hay nada como refrescarse en las albercas naturales de Las Tinajas o Acatique, balnearios de aguas cristalinas rodeados de vegetación exuberante. En el centro, el recorrido debe incluir la toma de fotografías en el reloj público donado por Álvaro Obregón y una visita a la Casa de la Cultura para admirar vestigios prehispánicos que cuentan la milenaria ocupación del valle.
Para el viajero que busca misticismo, la fiesta también es el escenario del arte Wixárika. Los artesanos huicholes descienden de la Sierra Madre Occidental para ofrecer sus visiones del universo plasmadas en chaquira y estambre, recordándonos que somos parte de una cosmogonía sagrada. Esta riqueza cultural se complementa con la elegancia de su arquitectura civil; caminar bajo los portales de piedra o visitar el Acueducto Los Arcos es realizar un viaje al siglo XIX, donde la prosperidad tabacalera y aguacatera forjó casonas señoriales de patios floridos que hoy funcionan como oasis de paz para el turismo de lujo consciente.
La gastronomía en Ahuacatlán merece un capítulo de lujuria para el paladar, siendo el pozole de camarón su estandarte más audaz. Este platillo representa el maridaje perfecto entre la frescura de la costa nayarita y la solidez de la cocina de montaña, preparado con maíz cacahuazintle y una base de camarón seco que dota al caldo de una profundidad marina inigualable. Al amanecer, tras las noches de pirotecnia y jaripeo, el aroma del café de olla y los tamales de la sierra invitan a los visitantes a desayunar en los portales coloniales, disfrutando de un clima templado que promedia los 23°C durante todo el año.
Convertirse en Pueblo Mágico en 2023 no fue un accidente, sino el reconocimiento a una comunidad que protege sus raíces. El equilibrio entre la adrenalina volcánica y la paz de una ciudad-jardín es lo que otorga a Ahuacatlán una atmósfera única, donde cada rincón cuenta una lección de historia viva que sorprende a quienes buscan destinos con un «alma» que el turismo convencional a menudo olvida. Hoy, este destino se levanta como el nuevo baluarte turístico del occidente mexicano, ubicado estratégicamente a menos de dos horas de Guadalajara, invitando siempre al regreso para redescubrir el rostro más auténtico de Nayarit.
El linaje de esta tierra se hunde en los tiempos prehispánicos, cuando las tribus nahoas, en su mística peregrinación hacia el valle de México, fundaron el señorío de Ahuacatlán bajo el liderazgo del cacique Huaxicar. Su destino cambió para siempre en 1529 con la llegada de Nuño de Guzmán, quien consolidó el asentamiento español aprovechando su ubicación estratégica como puerta de entrada a la Sierra Madre. A lo largo de los siglos, el municipio floreció como una escala crucial del Camino Real, siendo testigo de la bonanza del tabaco y el aguacate que atrajo a familias de abolengo, cuya herencia aún se respira en la nobleza de sus edificios y en el orgullo de una estirpe que ha sabido fusionar el honor español con la resistencia indígena.

