Por Carlos Hartig.
La indignación ha pasado a ser una furia incontenible en las calles de Tuxpan. Lo que ocurre en el Ayuntamiento no es una «reestructura», es un asalto a mano armada contra la dignidad del trabajador. Desde que inició el año, el municipio se ha convertido en una guillotina laboral donde más de 100 familias han sido lanzadas a la miseria, sin dinero para pan, renta o medicinas. Mientras los trabajadores «de sol a sol» son humillados y despedidos bajo amenazas criminales, la cúpula administrativa se sirve con la cuchara grande, tratando al erario como si fuera su herencia personal.
El principal señalado de esta carnicería financiera es el Lic. Carlos Andrés Torres Rodríguez, Tesorero Municipal de Tuxpan. A Torres Rodríguez se le identifica hoy como el verdugo oficial, el hombre que, con una mano firma despidos y con la otra abre la puerta a una horda de «aviadores» y recomendados. Es un insulto a la inteligencia del pueblo: corren a los de aquí, a los que conocen cada bache y cada calle, para meter a la nómina a gente de Rosamorada, Tecuala, Santiago, Ruiz y Tepic. El Tesorero ha convertido la oficina de finanzas en una agencia de colocación para sus amigos de fuera, pagando favores políticos con el hambre de los Tuxpenses.
Pero la infamia no termina ahí. En este esquema de saqueo y desprecio, la figura de Gabriela Platas, Síndico Municipal, destaca por su cinismo. Platas, apodada ya la «Síndico Traidora», ha demostrado ser una analfabeta funcional en el cargo, incapaz de entender que su obligación legal es defender al pueblo, no pisotearlo. Con una prepotencia que asquea, la Síndico se siente la dueña absoluta de Tuxpan, actuando con una soberbia que solo oculta su total ignorancia de la ley. Es cómplice activa de cada atropello, permitiendo que la legalidad sea una basura mientras ella se regocija en un poder que le queda inmenso.
La complicidad del Cabildo es, por decir lo menos, asquerosa. Los regidores se han convertido en simples muebles decorativos, ciegos, sordos y mudos ante el llanto de las madres que hoy no tienen qué poner en la mesa. Este grupo de parásitos políticos permite que el Tesorero Carlos Andrés Torres Rodríguez y la Síndico Gabriela Platas operen como un clan mafioso, blindando a los «amigos de fuera» mientras dejan sin seguro médico ni prestaciones a los empleados locales. No hay gestión, no hay justicia, solo hay un saqueo sistemático disfrazado de administración pública.
Lo que estos funcionarios no han calculado es que el pueblo de Tuxpan tiene memoria y ya se está organizando para dar la pelea. La rabia de ver cómo se reparten el botín entre foráneos mientras el local es humillado ha encendido una mecha que no podrán apagar con comunicados falsos. La Sindicatura y la Tesorería se han vuelto cuevas de opacidad donde se tejen intereses oscuros a espaldas de la ciudadanía. La traición de Gabriela Platas y la frialdad de Carlos Torres no quedarán impunes; el pueblo ya no pide explicaciones, exige cabezas y justicia inmediata.
¡Basta de atropellos! El hartazgo social ha llegado a su límite y la resistencia civil está lista para cobrar la factura. Tuxpan no es propiedad de una síndico nefasta ni de un tesorero ambicioso que desprecia a su propia gente. Los despidos injustificados y el ingreso de gente de fuera son una declaración de guerra contra las familias de casa.
El tiempo de las palabras se acabó; ahora le toca al pueblo reclamar lo que le han robado, y no habrá escritorio ni cargo que proteja a estos funcionarios del juicio de una sociedad que ya se cansó de ser pisoteada por analfabetas con poder.

