Por Ricardo Reyes.
El desastre es total. Mientras los funcionarios estatales se toman fotos con árboles y presumen “compromiso ambiental”, Nayarit se está ahogando literalmente en su propia contaminación. Incendios forestales fuera de control, ríos y bahías convertidos en cloacas tóxicas, el aire de Tepic irrespirable y la vergonzosa muerte masiva de tortugas marinas en Bucerías son la prueba irrefutable de una gestión ambiental criminalmente deficiente.
En las últimas semanas, Tepic ha amanecido envuelta en humo denso y asfixiante provocado por incendios que devoran miles de hectáreas de bosque sin que las autoridades sean capaces de contenerlos. Los ciudadanos respiran veneno, sufren irritación constante en ojos y garganta, y colapsan los consultorios médicos por problemas respiratorios. La respuesta del gobierno: excusas baratas, culpar a la sequía y a “factores climáticos”, mientras brillan por su ausencia las brigadas suficientes, el mantenimiento preventivo y un verdadero plan de combate a incendios. Es una indolencia que raya en lo irresponsable.
Peor aún es la contaminación del agua. El río Santiago y el río San Pedro, junto con la bahía de Banderas, se han convertido en vertederos a cielo abierto. En Bucerías, la muerte de decenas de tortugas marinas ha generado repudio nacional. Expertos señalan sin rodeos que la culpa la tienen los desechos plásticos, los vertidos ilegales de hoteles y desarrollos turísticos, y la total ausencia de regulación y sanciones. Las autoridades, como siempre, tardan en reaccionar, ocultan información y se niegan a realizar estudios serios y transparentes. Prefieren proteger intereses económicos antes que la vida marina.
El aire de la capital nayarita es otro escándalo. Mediciones ciudadanas revelan concentraciones peligrosas de partículas PM2.5 y PM10 que superan ampliamente los límites de la Organización Mundial de la Salud. ¿La reacción del gobierno? Ninguna. No hay alertas ambientales, no hay restricciones al tráfico ni a las industrias contaminantes. Simplemente miran hacia otro lado mientras la población, especialmente niños y adultos mayores, paga las consecuencias con su salud.
Organizaciones ambientalistas y especialistas no se guardan nada: “Esto no es mala suerte, es negligencia pura y dura. No existe un plan real, no hay presupuesto serio y las prioridades están claras: primero los proyectos turísticos e inmobiliarios, después el medio ambiente… si sobra tiempo”, denunció un activista que prefirió mantenerse en el anonimato por miedo a represalias.
Los habitantes de Tepic y Bucerías ya no disimulan su furia: “Nos están envenenando sin piedad. Nuestros hijos respiran humo tóxico, nuestros ríos están muertos y las playas que eran nuestro tesoro ahora son cementerios de tortugas. ¿Hasta cuándo vamos a seguir tolerando esta incompetencia?”, reclamó una vecina afectada.
El gobierno estatal, una vez más, guarda silencio o responde con promesas vacías. No hay plan emergente, no hay acciones concretas, no hay plazos ni presupuestos reales. La opacidad y la indiferencia son absolutas.
Nayarit, uno de los estados más bellos y biodiversos de México, está siendo destruido por una administración que antepone intereses cortoplacistas a la supervivencia del territorio. La pregunta incómoda que nadie en el Palacio de Gobierno quiere responder es clara: ¿cuánto más daño tendrán que causar antes de que alguien asuma responsabilidad por este ecocidio consentido?

