Por Carlos Hartig.
El recinto legislativo se convirtió en un escenario de repudio absoluto cuando la diputada Nataly Tiscareño, en un acto de desfachatez, votó a favor de la nueva Ley del Fondo de Pensiones. Los integrantes del SUTSEM y diversos gremios no contuvieron su furia y, desde las galerías, sepultaron el discurso de la legisladora bajo una lluvia de gritos: “¡Vendida!”, “¡Traidora a la clase obrera!” y “¡No tienes vergüenza!”. El estruendo de los reclamos fue tan ensordecedor que evidenció la fractura total entre una representante que vive en la opulencia y un pueblo que lucha por una jubilación digna.
La indignación de los trabajadores tiene raíces profundas en el historial de «chapulineo» de Tiscareño. La legisladora ha demostrado que su única ideología es el presupuesto: inició su carrera bajo las siglas del PAN, saltó a Nueva Alianza cuando le convino y finalmente aterrizó en Morena para asegurar su permanencia en el poder. Esta trayectoria de conveniencias quedó expuesta ante el grito de los manifestantes: “¡Acuérdate quién te puso ahí, malagradecida!”, recordándole que ha mordido sistemáticamente la mano de cada institución y ciudadano que confió en ella.
Mientras el trabajador promedio enfrenta un futuro incierto, Tiscareño se sirve con la «cuchara grande». Con un sueldo neto de entre 70,000 y 95,000 pesos mensuales y bonos de «gestión social» de dudosa transparencia, la diputada habita una realidad de privilegios que ofende a la clase trabajadora. Lo más lacerante es el botín que se llevará al concluir su gestión: entre el polémico «Bono de Marcha» y sus fondos de ahorro, se embolsará cerca de medio millón de pesos, una liquidación de lujo por apenas tres años de levantar la mano contra la gente.
En un desplante de hipocresía que rayó en lo novelesco, Tiscareño intentó usar la figura de su propio padre —jubilado de la Escuela de Ingeniería Pesquera— para validar su voto. Lo que ella pretendía presentar como un argumento de autoridad, los trabajadores lo tomaron como una bofetada: “¡Ni a tu propia sangre respetas!”, le espetaron desde el pleno. Es el retrato vivo de quien utiliza sus raíces para justificar el despojo, asfixiando el futuro de miles de familias que, como la suya, dependen de una pensión que ella hoy ayuda a recortar.
La sesión dejó una marca imborrable de desprecio social hacia la legisladora por San Blas. Entre los gritos de “¡Muerdes la mano que te dio de comer!”, Tiscareño mantuvo una postura gélida, protegida por el fuero pero desnudada ante la opinión pública. Para el SUTSEM, la diputada representa la traición por partida doble: al sindicato que la apoyó y a los principios de los partidos que abandonó. Su actuación fue la de un verdugo que, con una sonrisa ensayada, firma la sentencia de muerte de los derechos laborales a cambio de seguir en la gracia del poder en turno.
Finalmente, Nataly Tiscareño se retira de la sesión con los bolsillos llenos de promesas oficiales, pero con el estigma de la traición marcado en la frente. El voto de castigo y el juicio de la historia suelen ser implacables con quienes olvidan sus promesas apenas tocan el presupuesto. Hoy se siente intocable bajo el techo del Congreso, pero el eco de los gritos de “¡Vendida!” la perseguirá en cada calle de su distrito, donde el pueblo ya sabe que su lealtad no tiene raíces, sino precio.

