Por Carlos Hartig.
El escenario financiero de Compostela ha sido expuesto bajo una luz implacable tras el análisis del ex presidente municipal, Dr. Pablo Pimienta Márquez, quien aceptó el reto del actual alcalde, Gustavo Ayón, de comparar su gestión con las anteriores. La conclusión de Pimienta es devastadora para la narrativa oficial: el municipio navega en una abundancia de recursos sin precedentes, con un presupuesto que ha crecido un 172.6% en los últimos 12 años, mientras que la población apenas aumentó un 9.9%. Con $484.5 millones de pesos proyectados para el 2026, la administración de Ayón se queda sin el tradicional pretexto de la «escasez» para justificar el rezago en las comunidades.


La crítica más punzante del ex mandatario surge al analizar el gasto por habitante, el cual se ha disparado de forma estratosférica bajo el actual trienio. En 2014, el ayuntamiento administraba $2,369 pesos por cada ciudadano; hoy, esa cifra se ha elevado a $5,879 pesos, un incremento real del 148% en la capacidad de gasto por persona. Pablo Pimienta pone a Gustavo Ayón en una posición sumamente comprometedora ante la opinión pública: con casi el triple de dinero disponible para atender a la misma cantidad de gente, la percepción de mejora en los servicios básicos y la infraestructura urbana sigue siendo prácticamente inexistente.
Un dato que raya en el escándalo dentro del informe de Pimienta Márquez es el costo del aparato burocrático, específicamente el del Cabildo. Mientras el presupuesto general creció, el costo de mantener a los regidores y síndicos se infló un 173.2%, alcanzando los $28.6 millones de pesos. Este aumento desproporcionado sugiere que la prioridad de Ayón no ha sido la inversión social, sino el engrosamiento de los privilegios de la clase política. Es una bofetada a la ciudadanía ver cómo el costo de los representantes crece más rápido que el presupuesto total del municipio.
Pimienta Márquez es tajante al desmitificar el origen de esta bonanza: la solvencia actual no es producto del talento administrativo de Gustavo Ayón, sino de la inercia de proyectos turísticos de gran calado como La Mandarina y Nauka (anteriormente Costa Canuva), cuyas bases legales y financieras fueron sentadas por administraciones previas, incluida la suya. El ex presidente calificó como un acto de «egolatría» el adjudicarse la recaudación actual como un triunfo propio, recordándole al actual alcalde que simplemente se dedica a cosechar lo que otros sembraron.
La eficiencia en el ejercicio del gasto público es el gran «elefante en la habitación» para la gestión de Ayón. Pablo Pimienta cuestiona directamente por qué, con un incremento del 148% en el recurso por habitante, no se observa una transformación radical en la vida cotidiana de Compostela. La brecha entre el dinero que entra a la tesorería y el beneficio que llega a las calles evidencia una administración que parece extraviada entre la burocracia y la falta de resultados tangibles, operando con una opulencia que no se traduce en bienestar para la población.


Finalmente, el análisis del ex alcalde cierra con una sentencia lapidaria: «el tiempo es el juez que nunca se equivoca». Para Gustavo Ayón, el reloj de la rendición de cuentas corre con una presión añadida: la de ser el presidente que más dinero ha tenido en la historia de Compostela y, paradójicamente, el que parece estar haciendo menos con él. Con los datos presentados por Pimienta Márquez, la ciudadanía tiene ahora los elementos para juzgar si los millones que presume el ayuntamiento se están invirtiendo en el pueblo o si se están diluyendo en una administración gris.

