Por Ricardo Reyes.
Bahía de Banderas no es solo el destino turístico que presume Héctor Santana en sus reuniones con líderes empresariales. Detrás del discurso de “apoyo a los negocios locales” se esconde un entramado de fallas estructurales acumuladas durante décadas que convierten al municipio en un polvorín urbano, ambiental y social. Lejos de resolverse, estos problemas se agravan con el paso de los años y dejan en evidencia la brecha entre las promesas de “facilidades y menos burocracia” y la realidad que viven miles de familias.
Desde 2002, Bahía de Banderas no ha actualizado su Plan Municipal de Desarrollo Urbano. Mientras Puerto Vallarta avanza en la revisión de sus instrumentos de planeación, el municipio nayarita acumula más de dos décadas de atraso. Este rezago no es un detalle técnico: es la causa raíz del crecimiento desordenado, la escasez de empleo formal y el deterioro de la calidad de vida. El desarrollo se ha concentrado en zonas turísticas con infraestructura moderna, pero el resto del territorio —valles y sierras— queda abandonado al caos. El resultado: una fractura evidente entre la “Riviera de lujo” y las comunidades que pagan las consecuencias.
Desde 2002, Bahía de Banderas no ha actualizado su Plan Municipal de Desarrollo Urbano. Mientras Puerto Vallarta avanza en la revisión de sus instrumentos de planeación, el municipio nayarita acumula más de dos décadas de atraso. Este rezago no es un detalle técnico: es la causa raíz del crecimiento desordenado, la escasez de empleo formal y el deterioro de la calidad de vida. El desarrollo se ha concentrado en zonas turísticas con infraestructura moderna, pero el resto del territorio —valles y sierras— queda abandonado al caos. El resultado: una fractura evidente entre la “Riviera de lujo” y las comunidades que pagan las consecuencias.
El municipio registra al menos 120 asentamientos irregulares, muchos de ellos construidos sobre constancias ejidales que generan inseguridad jurídica y humana. Estos núcleos, ubicados en zonas de alta pendiente (15% a más del 45%), están expuestos a deslaves y derrumbes. En temporada de lluvias —de mayo a octubre— los canales de drenaje pluvial azolvados colapsan, provocando inundaciones recurrentes en Bucerías, Valle Dorado, Jarretaderas, Alta Vela y San Vicente del Mar. Calles convertidas en ríos, vehículos varados y agua entrando a las viviendas son el pan de cada día. El Atlas de Riesgos lo advirtió desde hace años: el municipio es altamente vulnerable a inundaciones fluviales, pluviales y mareas de tormenta.
La sobreconstrucción de condominios y hoteles ha agotado los mantos freáticos. Pozos contaminados, tuberías reventadas, cortes constantes y agua con olores fétidos son la norma en colonias como Valle Dorado, Bucerías, Mezcales y Valle de Banderas. En febrero de 2026 la cartera vencida de la Comisión de Agua superaba los 290 millones de pesos. Familias enteras reciben líquido sucio o simplemente no reciben nada durante días. El propio Santana ha reconocido en reuniones con vecinos que “hay menos agua y más gente consumiendo”. Mientras tanto, las grandes desarrolladoras no invierten ni un metro de tubería adicional. El resultado: estrés hídrico crónico y un derecho humano básico convertido en privilegio.
El turismo representa más del 80% de la actividad económica del municipio. Esta hiperdependencia lo hace vulnerable a cualquier shock: en marzo de 2026, tras incidentes de inseguridad, la ocupación hotelera cayó hasta un 40% con cancelaciones masivas. Los empleos son mayoritariamente precarios, estacionales e informales. La agricultura y la pesca —actividades tradicionales— fueron desplazadas, dejando comunidades enteras en el valle y la sierra en situación de marginación. El boom inmobiliario de 2025 cerró con un panorama crítico: edificios inhabitables, saturación que ahoga al comercio local y una burbuja que eleva los precios de la vivienda hasta niveles inalcanzables para los residentes originales. Gentrificación pura y dura.
Calles con baches permanentes, drenaje insuficiente, alumbrado deficiente y servicios públicos que fallan. A esto se suma el desastre administrativo: enero de 2026 arrancó sin quincena para empleados del Ayuntamiento, con denuncias de retrasos salariales generalizados. Si el gobierno municipal no puede pagar a sus propios trabajadores, ¿cómo va a ofrecer “créditos accesibles” y “menos burocracia” a los pequeños negocios que dice defender?
El panorama se oscurece aún más con señalamientos internacionales. En febrero de 2026, Estados Unidos retiró la visa al alcalde Héctor Santana por presuntos nexos con el CJNG, según reveló Forbes México. Aunque el edil lo desmiente y ha viajado recientemente a Estados Unidos, el daño a la imagen del municipio es profundo: ¿quién confiará en un destino donde incluso el presidente municipal está bajo escrutinio de Washington?
Estos no son problemas coyunturales. Son fallas estructurales que llevan más de 20 años sin solución real. Mientras Santana posa con el presidente de CONCANACO y promete “acciones concretas”, Bahía de Banderas sigue inundándose, sin agua potable, con colonias irregulares en riesgo y una economía que depende de un turismo cada vez más frágil.
Los comerciantes y familias chambeadoras que tanto menciona el alcalde no necesitan más discursos. Necesitan un municipio planeado, con agua confiable, drenaje funcional y reglas claras que no favorezcan solo a los grandes inversionistas. Hasta ahora, la brecha entre lo prometido y lo vivido no solo se mantiene: se profundiza. Bahía de Banderas está al límite. Y el reloj corre en contra.

