Por Ricardo Reyes.
En Nayarit, el gobierno habla de fortalecer el «motor económico» del estado; los productores, en cambio, siguen preguntándose dónde está ese fortalecimiento. Porque mientras en Palacio se celebran reuniones, se emiten boletines triunfalistas y se difunden fotografías institucionales, en el campo, las granjas y los litorales la realidad dista mucho del optimismo oficial.
El gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero anunció una reunión de trabajo con la secretaria de Agricultura y Desarrollo Rural del Gobierno de México, Columba Jazmín López Gutiérrez, para impulsar acciones en favor de la agricultura, la ganadería y la pesca. El problema es que, después de años de discursos similares, los resultados siguen sin aparecer con la contundencia que demandan miles de familias que dependen del sector primario.
Hablar de «fortalecer el motor económico» parece más un ejercicio de propaganda que un reflejo de la realidad. Los productores continúan enfrentando fertilizantes por las nubes, combustibles cada vez más caros, créditos inaccesibles, apoyos insuficientes y una burocracia que suele ser más eficiente para organizar eventos que para resolver problemas.
En las zonas rurales, el descontento crece. Agricultores denuncian que cosechar ya no garantiza ganancias; ganaderos sobreviven entre el incremento de los insumos y la incertidumbre del mercado; pescadores observan cómo disminuyen las capturas mientras aumentan los costos para salir al mar. Para ellos, el supuesto fortalecimiento del sector sigue siendo una promesa reciclada sexenio tras sexenio.
El gobierno insiste en que existe coordinación con la Federación para generar oportunidades. Sin embargo, los productores siguen esperando conocer cuáles serán las inversiones reales, qué programas nuevos se implementarán, cuántos beneficiarios habrá y cuándo comenzarán a verse resultados. Porque detrás del discurso oficial no hay anuncios concretos de recursos extraordinarios ni metas verificables que permitan medir el éxito de esta estrategia.
Resulta paradójico que se hable de crecimiento cuando buena parte del campo nayarita opera en condiciones de rezago. La tecnificación avanza lentamente, la infraestructura hidráulica requiere atención urgente, los seguros agrícolas son insuficientes y la respuesta institucional frente a contingencias climáticas suele llegar tarde o simplemente no llegar.
Más preocupante aún es que el gobierno parezca haber convertido la comunicación política en un sustituto de la política pública. Se presume voluntad, pero no resultados; se anuncian reuniones, pero no soluciones; se construye narrativa, pero no certidumbre para quienes producen los alimentos que sostienen la economía estatal.
La verdadera fortaleza del campo nayarita no proviene de los escritorios gubernamentales ni de los comunicados oficiales. Proviene del esfuerzo diario de hombres y mujeres que trabajan bajo el sol, enfrentan pérdidas, sobreviven a la falta de apoyos y siguen produciendo pese al abandono histórico de las autoridades.
Si el «motor económico» de Nayarit depende de la agricultura, la ganadería y la pesca, entonces el gobierno tiene una deuda pendiente con quienes lo mantienen encendido. Porque mientras el discurso presume avances, miles de productores siguen esperando algo más útil que una fotografía institucional: resultados, inversión y respuestas reales.
Y hasta que eso ocurra, para muchos nayaritas la frase «fortalecer el motor económico» seguirá siendo un eslogan político tan ambicioso como distante de la realidad que vive el campo.

