Diablito
Por Carlos Hartig.
Vaya, vaya… nos pusimos nostálgicos y de un refinamiento francamente conmovedor.
Resulta que ahora, desde las místicas tierras coras, nos llega un manifiesto que es una verdadera delicia para el análisis sibarita: nos quieren vender a Jorge Ortiz, alias «El Fugio», no como el político que ya conocemos al que le encanta entrarle al reparto, sino como un santo laico, un místico de la «alta pobreza» que es «rico pero de corazón». ¡Por favor, qué elegancia la de Francia! Qué manera tan fina de decir que el hombre no tiene llenadera con el presupuesto, pero que nos conformemos con que nos salude de mano. En Polanco diríamos que es una propuesta de «altruismo rústico», pero en Tepito el veredicto es más rápido y certero: a este gallo lo que le urge es que lo sienten en la mesa donde se reparte el pastel, porque ya le rujen las tripas por el poder y sabe perfectamente cómo acomodarse en la silla antes de que se la ganen.
Y es que el retrato que nos pintan del buen Fugio roza en lo celestial; casi nos hace llorar entre trago y trago de un buen single malt mientras contemplamos el vacío de la demagogia. Nos dicen que tiene «el corazón a la izquierda»… ¡claro! Tan a la izquierda que con la mano derecha ya está midiendo cómo acomodarse el fajo de billetes para la campaña. Dice el texto que es producto de la «cultura del esfuerzo», y vaya que se esfuerza, sobre todo en ver cómo nos la mete… la idea de que él es la única salvación para Nayarit. Ese cuento de que «manda obedeciendo» suena divino en un congreso de sociología en la Ibero o para platicarlo en una terraza de Las Lomas, pero en el barrio sabemos que aquí el que no cae, resbala, y que Fugio lo único que quiere es que el pueblo coopere… pero dejándose llevar por donde a él le conviene, aflojando el paso para que él pueda dar el estirón definitivo.

Pero un momento, que la pasarela «progre-chic» no se queda ahí y nos ofrece un combo de equidad que ya quisieran en las mejores firmas de diseño. Para que no digan que no hay inclusión en este club de alta alcurnia y bajo presupuesto, nos sacan de la manga a Marisol Sánchez Navarro. ¡Qué fina estampa! Nos la venden como la opción «si toca mujer», como si la gubernatura fuera una rifa de diseño, un accesorio de temporada en Masaryk o una simple ficha de cambio para ver quién se la lleva limpia. Dicen que desde niña «abrazó la lucha»… y por lo visto, no la piensa soltar hasta que le den su buena rebanada de poder y posición. Es la candidata ideal para cuando el género obligue a cambiar de estrategia; una maniobra tan pulida que en Tepito le llamarían simplemente dar el cambiazo en el callejón para ver si el pueblo se traga el mismo sapo pero con diferente labial y con mejor empaque.
Por supuesto, no podemos ignorar al resto de la alcancía política que mencionan con tanto «respeto y altura de miras» —esa bonita forma educada de escupirle al rival en la cara sin perder la postura ni desarreglarse el peinado—. Ahí están Pável Jarero, Geraldine Ponce, Jazmín, Héctor Santana, Elizabeth… una auténtica lista de asistencia para ver quién tiene la mano más larga, el colmillo más afilado y la lengua más hábil para engatusar al respetable. Todos juran y perjuran que quieren salvar al campo, a la vivienda y a la salud, pero la verdad es que en esta pasarela lo único que quieren sanar es su propia economía y asegurar su futuro. Es una competencia de alta costura política donde todos prometen darse por enteros al pueblo, aunque en realidad están esperando el momento exacto, la debilidad del rival, para dejarnos ir la cuenta de sus caprichos y dejarnos con los bolsillos temblando.
Lo más espectacular de este discurso, lo que merece un aplauso de pie en cualquier club de golf, es el concepto de que Fugio es «rico, muy rico, porque está en el corazón del pueblo». ¡Qué joya de la demagogia contemporánea, qué manera tan sublime de envolverse en la bandera de la humildad! Eso en Las Lomas se llama «capital social» y se presume en las cenas benéficas, pero en el barrio se le conoce como hacerse la víctima para salir ganón y meterse hasta la cocina sin pedir permiso. Con esa supuesta riqueza espiritual no se van a pagar las deudas ni los baches de Nayarit, pero cómo ayuda a conmover a los incautos que todavía creen en cuentos de hadas. Al final del día, organizarse para «un cambio a la izquierda» suena muy bonito en el papel texturizado y con tipografía elegante, pero mucho ojo, no vaya a ser que de tanto querer ir a la izquierda, nos terminen agarrando por la espalda y salgamos más raspados y desplumados que de costumbre.
Así que ahí lo tienen, señoras y señores de la alta sociedad y del barrio bravo: el menú electoral ya está servido con cubiertos de plata pero con mañas de tianguis dominical. Nos prometen un «nuevo amanecer» y un cambio verdadero, pero bien sabemos que en la política mexicana, cuando te prometen ver salir el sol, lo primero que tienes que hacer es taparte la cartera y caminar pegado a la pared. Habrá que ver si los nayaritas prefieren el discurso refinado de los amigos de Fugio o si prefieren aplicar la de Tepito: guardarse bien sus cosas, sonreírle al candidato para no levantar sospechas y recordarle que, por más que se vista de seda, de progre o de pueblo, al final a todos se les nota el cobre y la prisa cuando se trata de agasajarse con el presupuesto y dejar al pueblo mirando las estrellas.

