Por Ricardo Reyes.
Entre fotografías, sonrisas, mensajes emotivos y discursos sobre cercanía con la gente, la reciente visita de Oscar Medina López a la comunidad de Zapote de Picachos volvió a exhibir una práctica política que durante años ha sido criticada: convertir actos de asistencia y recorridos comunitarios en vitrinas de promoción personal.
El funcionario presumió haber acudido por encomienda de la presidenta municipal Geraldine Ponce para “llevar alegría y sonrisas” a niñas y niños, además de destacar el regalo de un morral artesanal recibido por habitantes de la comunidad. El mensaje, cargado de agradecimientos y muestras de afecto, parece más orientado a construir una narrativa política que a informar resultados concretos para una de las zonas que enfrenta necesidades reales.
La crítica surge inevitablemente: ¿las comunidades requieren sonrisas y publicaciones emotivas, o soluciones de fondo? Porque mientras las redes sociales se llenan de fotografías y discursos sobre cercanía, muchas localidades rurales continúan enfrentando rezagos históricos en servicios básicos, infraestructura, caminos, oportunidades económicas y atención permanente.
La política de la imagen vuelve a imponerse sobre la política de resultados. Las visitas relámpago y las escenas cuidadosamente presentadas generan una percepción de trabajo intenso, aunque dejan abierta una pregunta incómoda: ¿qué acciones tangibles quedaron después del recorrido además de una publicación y un mensaje de agradecimiento?
También resulta cuestionable el uso constante de frases como “seguiremos trabajando de la mano” o “comprometidos con llevar bienestar”, expresiones que se han vuelto recurrentes en el lenguaje político y que, para muchos ciudadanos, han perdido fuerza por repetirse sin que siempre exista una evaluación clara de resultados.
El morral artesanal recibido por Oscar Medina representa el esfuerzo, la identidad y el trabajo de una comunidad; sin embargo, para muchos ciudadanos el verdadero regalo que esperan las familias no son discursos ni fotografías: son obras, servicios y respuestas concretas.
Porque las comunidades rurales no necesitan convertirse en escenario para campañas permanentes de imagen. Necesitan políticas públicas que permanezcan cuando las cámaras se apagan y los funcionarios se retiran.

