Por Carlos Hartig.
El reciente despliegue de Sofía Bautista, presidenta del PRI en Nayarit, al frente de sus denominados «defensores estatales» en Tepic, no es más que un cínico y desesperado acto de supervivencia de una franquicia política en ruinas. En un discurso plagado de una retórica barata, la dirigente recurrió al grotesco recurso de secuestrar la bandera nacional para inyectarle una mística artificial a una militancia descolorida, apática y dispersa. Esta puesta en escena teatral, donde se reparten insignias como si fueran indulgencias, es la cortina de humo perfecta con la que la dirigencia busca encubrir la brutal crisis de identidad, los vacíos de liderazgo y el repudio generalizado de una ciudadanía que no olvida las décadas de saqueo institucional que el tricolor le propinó al estado.

Con una audacia que raya en el descaro, Bautista pretendió erigirse en la brújula moral de la entidad al denunciar la crisis de seguridad, salud y economía que asfixia a los nayaritas. Sin embargo, su teatro se desmorona por completo al ensalzar a Alejandro «Alito» Moreno Cárdenas como el «primer opositor» del país y un ejemplo de valentía. Intentar vender al personaje más cuestionado, repudiado y caricaturizado de la política mexicana como un referente de integridad en Nayarit es una bofetada directa a la inteligencia del electorado. La cúpula local del PRI, carente de toda autoridad moral, pretende erigirse en juez y verdugo del desastre actual mientras arrastra un fango histórico que ninguna bandera alcanzará a limpiar.
La virulenta arremetida de la lideresa contra el ayuntamiento de Tepic, al que acusó de avaricia y de «regatear descuentos» a los adultos mayores, es un burdo intento de lucrar con el resentimiento social legítimo hacia la actual administración. Afirmar con el pecho erguido que «en los gobiernos del PRI eso nunca pasaba» es un ejercicio de amnesia histórica verdaderamente alarmante. Sofía Bautista asume que los ciudadanos padecen demencia senil; convenientemente olvida que el colapso financiero, la quiebra de los sistemas de agua y el asfalto destrozado de la capital fueron minuciosamente construidos, año tras año, por las gestiones priistas del pasado, las cuales priorizaron el saqueo de las arcas públicas y el enriquecimiento de sus camarillas por encima de cualquier servicio básico.
Para colmo de la desvergüenza, Bautista desenterró el mito de la supuesta «excelencia priista» al inflar la figura de Ampelio Gutiérrez en Rosamorada, vendiéndolo falsamente como el alcalde mejor evaluado del estado. Esta proclamación es un insulto sangriento para los habitantes de ese municipio, una región que bajo el yugo de Gutiérrez continúa hundida en el rezago social más severo, el abandono del campo y una alarmante precariedad en servicios públicos. Presumir encuestas de dudosa procedencia y de evidente manufactura pagada como si fueran sinónimo de progreso real demuestra que para el PRI la política sigue siendo un juego de apariencias, donde la miseria de la periferia se utiliza como simple carne de cañón para sus discursos.
El caso de Rosamorada desnuda la maña más rancia y activa del priismo: la simulación absoluta. Mientras la dirigencia estatal utiliza a Ampelio Gutiérrez como un trofeo de vitrina para maquillar el cadáver de su partido, las calles y comunidades de su municipio desmienten a gritos cualquier narrativa de eficiencia. Lo que Sofía Bautista aplaude como «un buen gobierno» no es más que una gestión gris, mediocre y clientelar que sobrevive gracias a la propaganda institucional para ocultar su incapacidad absoluta de resolver las demandas más elementales de la población rural. El PRI no sabe gobernar para el desarrollo; solo sabe administrar la pobreza y vestirla de gala para la foto.
Al intentar contrastar las fallas de la capital con este deprimente espejismo en Rosamorada, la presidenta del PRI se hunde en un aislamiento retórico insostenible. Un garbanzo de a libra —sostenido artificialmente con alfileres mediáticos y complicidades periodísticas— jamás logrará revivir a un priismo nayarita fragmentado, moralmente derrotado y en franca decadencia electoral. Su estridente llamado a «levantar la voz» no es la defensa de una causa ciudadana; es el eco desesperado de una vieja maquinaria corporativa que, vacía de propuestas, ideas y proyecto de futuro, hoy solo sabe subsistir del canibalismo político, el oportunismo mediático y el descarado maquillaje de la realidad.

