Por Carlos Hartig.
El Partido del Trabajo (PT) en Nayarit atraviesa una de sus peores crisis de identidad y disciplina interna, convirtiéndose en un verdadero polvorín político donde la anarquía parece ser la única regla establecida. La falta de una dirigencia firme y unificada ha provocado que, en un momento crucial de definiciones, el partido se muestre ante la sociedad nayarita como una franquicia dividida y sin rumbo institucional. Mientras que a nivel nacional las cúpulas petistas exigen a sus militantes el máximo rigor, lealtad y unidad para consolidar el proyecto de transformación de las izquierdas, en el escenario local el panorama es diametralmente opuesto: un sálvese quien pueda donde cada actor con un poco de poder jala agua para su propio molino, evidenciando que el interés colectivo ha sido completamente desplazado por las agendas personales de supervivencia política y económica.
En el epicentro de las críticas y los señalamientos de la opinión pública se encuentra el diputado federal Jorge «Fugio» Ortiz, cuya obstinación por declararse de manera sistemática «listo para la encuesta» es vista por analistas locales como un preocupante desplante de soberbia, egocentrismo y desconexión con la realidad de las bases. Con una narrativa desgastada y un protagonismo estridente en los medios, el legislador federal prefiere enfrascarse en un berrinche electoral unipersonal antes que sentarse a construir puentes institucionales con las fuerzas aliadas del estado. Para diversos sectores petistas, la actitud caprichosa de «Fugio» Ortiz no obedece a una auténtica convicción democrática ni a una competitividad real en las encuestas, sino más bien a una estrategia de chantaje mediático que busca presionar a las dirigencias para asegurar su propia sobrevivencia en el presupuesto público mediante alguna posición plurinominal, aun a costa de fragmentar el voto de la izquierda y desestabilizar la coalición.
La contraparte de esta penosa comedia de desorganización política la encabeza el diputado local Jaime Cervantes Rivera, un cuadro de trayectoria probada, colmillo retorcido y un profundo conocimiento del mapa electoral del estado. Cervantes Rivera ha sabido leer con absoluta precisión el momento histórico y las prioridades de la entidad, asumiendo una postura de madurez y seriedad que contrasta fuertemente con la pirotecnia mediática de su homólogo federal. En un acto que demuestra lo que verdaderamente significa el oficio político y la altura de miras, el legislador local tomó la determinación de alinear a los comités y entregar formalmente la sólida estructura del PT a una aspirante que representa la opción de consenso y la verdadera continuidad del proyecto social. Lejos de buscar el aplauso fácil, el lucimiento personal o enredarse en pataletas estériles, Jaime Cervantes optó por la vía de la disciplina, el orden y la construcción institucional a ras de suelo.
Este abismal choque de visiones entre ambos liderazgos no hace más que desnudar las costuras de un Partido del Trabajo que urge de una profunda reestructuración y de orden estatutario. Por un lado, Jorge «Fugio» Ortiz se recluye en una cómoda burbuja de simulación digital y discursos aislados, apostando todas sus canicas a un proceso interno que en las calles se percibe más como un capricho personal que como un proyecto políticamente viable o competitivo. Por el otro extremo, Jaime Cervantes consolida el verdadero trabajo de territorio en los municipios, operando políticamente con comités reales, liderazgos regionales y bases de carne y hueso que atienden el llamado de la organización colectiva y institucional. La entrega de la estructura realizada por Cervantes Rivera no debe leerse bajo ninguna circunstancia como una claudicación o debilidad, sino todo lo contrario: representa una jugada de ajedrez magistral que dota de seriedad a su grupo, consolida su liderazgo y garantiza que el PT tenga un asiento de respeto en la mesa de las grandes negociaciones estatales.
Para la prensa local y los analistas políticos de Nayarit, el desorden del PT resulta alarmante y deja una gran interrogante de cara a los próximos comicios: ¿cómo se puede aspirar a gobernar o a exigir candidaturas importantes cuando ni siquiera en su propia casa se pueden poner de acuerdo? El espectáculo de ver a un diputado federal jugando al llanero solitario, desconociendo los liderazgos locales e ignorando los acuerdos de unidad, mientras un diputado local se encarga de tejer la política real y mantener unida a la militancia, demuestra que el partido está operando con dos velocidades y dos morales distintas. El chantaje político y el amago de la división que personifica «Fugio» ya no genera temor en las mesas de negociación aliadas, sino un profundo cansancio en una militancia de a pie que está harta de ser utilizada como moneda de cambio para los caprichos de unos cuantos personajes que se sienten indispensables.
Al final del día, el costo político de esta evidente fractura institucional lo terminará pagando el propio PT si las dirigencias no actúan con firmeza para frenar los desplantes de quienes anteponen su ego al proyecto de nación. Hoy en día, los simpatizantes y militantes petistas tienen ante sí dos espejos muy claros en los cuales mirarse para definir el rumbo de su partido: el de la política tradicional, impositiva, berrinchuda y ambiciosa que representa Jorge «Fugio» Ortiz, o el de la madurez, la lealtad grupal, la disciplina y la construcción de acuerdos de fondo que encabeza Jaime Cervantes Rivera. El tiempo electoral avanza a pasos agigantados y, si el PT pretende mantener su registro con dignidad y seguir siendo una fuerza decisiva en Nayarit, deberá entender que el futuro político se construye sumando estructuras territoriales legítimas y no alimentando mesianismos individuales a través de conferencias de prensa plagadas de simulación.

