Por Ricardo Reyes.
El gobernador Miguel Ángel Navarro Quintero celebró una vez más que la Riviera Nayarit se consolide como “destino turístico de clase mundial”, citando reconocimientos de publicaciones como Forbes que la ubican entre los sitios con mayor crecimiento en México. Según sus palabras, lo que hace algunos años era una región con “escaso desarrollo” hoy brilla gracias a la inversión, el fortalecimiento de infraestructura y un supuesto “turismo sustentable” que genera bienestar para las familias nayaritas.
La realidad, sin embargo, pinta un panorama mucho menos idílico. Detrás de los hoteles de lujo, los resorts exclusivos y las cifras millonarias de visitantes se acumulan denuncias de desarrollo desordenado, impactos ambientales crecientes y problemas sociales que el discurso oficial prefiere ignorar o minimizar.
Es cierto que la Riviera Nayarit ha registrado un boom inmobiliario y turístico notable. Proyectos de alto nivel han transformado zonas antes poco explotadas en destinos que atraen a turistas internacionales de alto poder adquisitivo. Pero este “progreso” ha venido acompañado de críticas recurrentes por la falta de ordenamiento territorial real: construcciones que presionan manglares, playas y recursos hídricos, con el riesgo de repetir los errores de saturación que ya se viven en otros polos del Pacífico mexicano.
El propio gobierno ha tenido que intervenir en algunos desarrollos por presuntas irregularidades ambientales, lo que revela que el “impulso al turismo” no siempre ha ido de la mano de una planeación rigurosa y sustentable. Mientras se presume infraestructura moderna, persisten dudas sobre si el crecimiento beneficia principalmente a grandes inversionistas o realmente a las comunidades locales, que en muchos casos enfrentan encarecimiento de la vida, desplazamiento y pérdida de acceso a zonas que antes eran parte de su territorio.
Navarro Quintero insiste en que Nayarit avanza “por el camino correcto” con un turismo que fortalece la identidad. Sin embargo, reportes periodísticos han documentado que el destino, pese a récords de visitantes, no está exento de problemas de delincuencia que afectan la percepción de seguridad. El propio gobernador ha reconocido el desplazamiento de delincuentes desde otros estados, lo que obliga a un esfuerzo constante por mantener la imagen de “destino seguro”.
Más grave aún son las denuncias sobre el aumento de desapariciones de mujeres, particularmente en Bahía de Banderas y Tepic, y señalamientos de posibles redes de trata que operarían con relativa impunidad en la zona turística. Colectivos y medios han cuestionado la respuesta institucional ante estos casos, contrastando fuertemente con el tono triunfalista de las declaraciones oficiales sobre “bienestar para las familias nayaritas”.
Además, han surgido acusaciones contra el entorno del gobierno relacionadas con presuntos despojos de propiedades a particulares y empresarios en la región, así como irregularidades en el registro catastral que habrían facilitado fraudes millonarios. Aunque estas denuncias provienen de voces críticas y no todas han sido plenamente probadas en tribunales, erosionan la narrativa de un desarrollo “ordenado” y transparente.
El mandatario invitó a leer el artículo de Forbes que resalta el atractivo de la Riviera Nayarit. Es comprensible: las publicaciones internacionales suelen enfocarse en las bondades para el visitante de lujo —playas, hoteles boutique, gastronomía y naturaleza—. Lo que rara vez detallan son los costos locales: presión sobre servicios públicos, impacto en ecosistemas frágiles y la brecha entre el turismo de élite y las condiciones de vida de muchas comunidades originarias o de bajos recursos.
Promover un “turismo sustentable” suena bien en los discursos, pero requiere mucho más que inauguraciones y notas positivas. Exige límites claros al crecimiento, inversión real en saneamiento y protección ambiental, y mecanismos efectivos para que los beneficios lleguen a las comunidades sin desplazarlas ni precarizarlas.
Mientras el gobernador celebra que Nayarit sea referente internacional, muchos nayaritas se preguntan si ese “Nuevo Nayarit” que se vende al mundo realmente los incluye a ellos, o si solo es el escaparate de un modelo que prioriza la imagen y la inversión sobre un desarrollo verdaderamente equilibrado y justo.
El turismo puede ser una oportunidad poderosa, pero cuando se vende como panacea sin reconocer sus sombras —ambientales, sociales y de gobernanza—, corre el riesgo de convertirse en una promesa vacía para quienes viven día a día en la región.

