Por Ricardo Reyes.
En 1976, durante la dictadura militar argentina, Rodolfo Walsh escribió su “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”. No era un artículo de opinión común: era una denuncia punto por punto de los crímenes de lesa humanidad cometidos por quienes detentaban el poder.
Un año después, Walsh fue secuestrado y desaparecido. Su texto sigue siendo uno de los actos más altos de periodismo que se hayan escrito en América Latina. El mensaje es brutalmente simple: cuando el poder se vuelve opaco y violento, el periodismo no tiene opción; debe auscultar, hurgar, iluminar, aunque le cueste la vida.
Auscultar al poder no es un capricho ideológico ni una moda “progresista”. Es la razón de ser del periodismo desde que John Peter Zenger fue absuelto en 1735 por denunciar al gobernador colonial de Nueva York. Sin esa función fiscalizadora, la prensa se convierte en boletín oficial, en relaciones públicas del Estado o de los grandes grupos económicos. Y la democracia, si es que aún existe, se vacía de contenido.
En los últimos años hemos visto cómo el poder muta más rápido que las redacciones. Ya no basta con vigilar al presidente de turno o al Congreso. Hoy el poder real se sienta en consejos de administración de fondos de inversión, en algoritmos de redes sociales que deciden qué vemos y qué no, en mesas de WhatsApp donde se coordinan campañas de desinformación, en paraísos fiscales donde se esconden fortunas que podrían financiar varios presupuestos nacionales.
El periodista que solo mira al Palacio de Gobierno se queda mirando un teatro de marionetas mientras los hilos se mueven desde otro lado.
Ejemplos sobran y duelen.
- Los Pandora Papers (2021) mostraron que jefes de Estado, ministros y empresarios de todo el planeta escondían fortunas offshore mientras pedían “austeridad” a sus pueblos. Fue obra de un consorcio de periodistas, no de fiscalías ni de organismos internacionales.
- En México, el proyecto “Gobierno Espía” (2017) demostró que el software Pegasus, comprado con fondos públicos, se usó para vigilar a periodistas y defensores de derechos humanos. El poder ya no solo reprime; espía.
- En España, la investigación sobre la “operación Kitchen” (2013-2017) reveló que parte del Ministerio del Interior usó fondos reservados para espiar a un tesorero del partido gobernante y tapar casos de corrupción. El periodismo tuvo que hacer el trabajo que no hicieron jueces ni policías.
En cada caso, el poder intentó lo mismo: negar, desacreditar, amenazar, comprar silencio o directamente matar. Y en cada caso, el periodismo que sobrevivió fue el que se negó a mirar para otro lado.
Decir esto hoy suena casi naïf en un mundo donde las redacciones cierran, los periodistas ganan sueldos precarios y las audiencias premian el grito antes que la verificación. Pero precisamente por eso la obligación ética es más urgente.
Cuando el poder compra medios, despide periodistas incómodos o inunda las redes con bots, el periodismo independiente se vuelve la última trinchera.
No se trata de “ser opositor”. Se trata de ser periodista. El poder cambia de color según las elecciones, pero su tendencia natural es ocultarse, concentrarse y abusar.
Hoy puede ser un gobierno de derecha el que persigue a la prensa; mañana será uno de izquierda el que censure caricaturas o etiquete como “golpistas” a quienes investigan sus negociados. El periodismo que se casa con un bando termina viudo pronto.
Hay quienes argumentan que “ya no hay periodismo objetivo” o que “todos tienen agenda”. Es verdad que la neutralidad absoluta no existe; todo medio tiene línea editorial y todo periodista tiene valores.
Pero entre reconocer sesgos y abdicar de la función fiscalizadora hay un abismo. Verificar datos, contrastar fuentes, publicar documentos aunque quemen: eso sigue siendo posible. Y necesario.
En 2025, con inteligencia artificial generando deepfakes, con Estados usando la “seguridad nacional” como excusa para censurar y con corporaciones más poderosas que muchos países, auscultar al poder es más difícil que nunca. Pero también más imprescindible.
Porque si el periodismo deja de hacerlo, nadie más lo hará.
Y entonces no habrá carta abierta posible. Solo silencio.

