Por Ricardo Reyes.
Laika, la perrita callejera que confió en el humano y murió sola en el espacio, marcó uno de los capítulos más controvertidos y emotivos de la exploración espacial.
El 3 de noviembre de 1957, apenas un mes después del lanzamiento del Sputnik 1, la Unión Soviética envió al espacio al Sputnik 2, un satélite que llevaba a bordo al primer ser vivo en orbitar la Tierra: una perra mestiza de aproximadamente 3 años, conocida como Laika (que en ruso significa «ladradora», aunque también se la llamó Kudryavka o «pequeña rizada»).
Laika fue una perra callejera encontrada en las frías calles de Moscú. Los científicos soviéticos seleccionaron perros vagabundos porque se consideraban resistentes al frío y al hambre. Tras pruebas de entrenamiento intensas —que incluían centrifugadoras, simulaciones de ruido y confinamiento en cápsulas pequeñas—, Laika fue elegida por su temperamento dócil y su tamaño adecuado (pesaba alrededor de 5-6 kg). Junto a ella se entrenaron otras perras como Albina y Mushka, pero Laika fue la designada para la misión.
La cápsula era diminuta, comparable al tamaño de una lavadora pequeña. La perrita fue colocada con sensores para monitorear su pulso y respiración, un traje especial y un dispensador automático de comida gelatinosa. Antes del cierre de la escotilla, algunos técnicos la besaron en el hocico y le desearon buen viaje, sabiendo que no regresaría.
El lanzamiento desde Baikonur fue un éxito propagandístico para la URSS en plena Carrera Espacial con Estados Unidos. Durante las primeras horas, los datos mostraron que Laika entró en órbita: su pulso se elevó drásticamente por el estrés y el miedo (hasta tres veces lo normal), pero eventualmente se estabilizó. Sin embargo, el sistema de control térmico falló casi de inmediato debido a las prisas por lanzar antes del aniversario de la Revolución y las limitaciones técnicas de la época.
La temperatura dentro de la cápsula subió rápidamente por encima de los 40 °C. Entre las 5 y 7 horas después del despegue, Laika sufrió un paro cardíaco provocado por el sobrecalentamiento extremo combinado con el pánico y el estrés. Murió sola, en medio del vacío espacial, en lo que fue la primera muerte de un ser vivo en órbita.
Durante décadas, la versión oficial soviética afirmó que Laika había sobrevivido varios días (incluso hasta una semana) y que fue eutanasiada con comida envenenada antes de que se agotara el oxígeno. No fue hasta el año 2002, cuando el científico Dimitri Malashenkov reveló la verdad en un congreso en Houston, que se confirmó su muerte temprana y dolorosa.
El Sputnik 2 continuó orbitando la Tierra más de 2.300 veces durante 163 días hasta desintegrarse en la atmósfera el 14 de abril de 1958. No quedó nada de Laika.
Años después, Oleg Gazenko, uno de los principales científicos del programa canino espacial soviético, expresó públicamente su arrepentimiento:
“Cuanto más tiempo pasa, más lamento lo sucedido. No deberíamos haberlo hecho… lo que aprendimos de esa misión no fue suficiente como para justificar la muerte de la perra”.
La historia de Laika sigue siendo un símbolo ambiguo: un hito científico que abrió el camino a los vuelos tripulados humanos, pero también un recordatorio doloroso del costo ético que a veces se paga en nombre del progreso. Una perrita callejera que confió en los humanos y terminó sola entre las estrellas, sin regreso posible.
Su sacrificio impulsó mejoras en las misiones posteriores (como las de Belka y Strelka en 1960, que sí regresaron vivas), pero su destino solitario permanece como una de las historias más tristes de la conquista del espacio.

