Sin Redundar.

Por Carlos Avendaño.

Los agricultores y los transportistas ya no protestan: toman las casetas en todo el país. Desde las 8 de la mañana, los productores agrícolas y los choferes, iniciaron con bloqueos en las autopistas como si fuera un recordatorio nacional de que, cuando el gobierno no escucha, el pueblo sube el volumen, y de qué manera. Desde Baja California hasta Quintana Roo, las casetas amanecieron en manos de quienes realmente alimentan y mueven a México. No fue ocurrencia ni berrinche: fue una movilización nacional, un grito colectivo que atraviesa carreteras, campos secos y bolsillos vacíos. La protesta es clara y frontal: están en contra de la reforma a la Ley del Agua propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, una reforma que los campesinos leen como una amenaza directa a su futuro. Exigen precio justo del maíz: 7,200 pesos la tonelada, y la salida de los granos del T-MEC. Sí, los mismos granos que hoy compiten en desigualdad contra importaciones baratas y políticas que parecen escritas desde un escritorio muy lejos del campo. También piden que se restituya la banca de desarrollo para el campo, desaparecida en el sexenio de López Obrador, y exigir algo tan básico como seguridad en las carreteras. Porque en México mover cosechas se ha vuelto deporte extremo: carreteras peligrosas, cobro de piso, extorsiones y total indefensión. Baltazar Valdés Armentía, del Frente Nacional para el Rescate del Campo Mexicano, lo dijo sin anestesia: “Los campesinos enfrentan sequías brutales, precios castigados, falta de financiamiento, inseguridad al comercializar y hasta extorsiones del crimen organizado”. A esta lista habría que agregarle, la amenaza más grande: la incertidumbre sobre el agua, el recurso sin el cual no hay agricultura, no hay ganadería y no hay que comer en el país. Se fue AMLO, pero llegó Claudia. Tal para cual. Solo un ciego no ve que las cosas van de mal en peor. Porque si la llamada “cuarta transformación” no escucha al campo, entonces lo que está transformando es la paciencia de los que si producen en el país…

Por cierto: Rosa Icela Rodríguez Velázquez, la flamante secretaria del gobierno federal, salió con una advertencia que sonó menos a llamado al orden y más a mensaje siciliano: Con voz amenazante, aseguró que varios de los manifestantes “tienen expedientes guardados desde hace mucho tiempo”. Un recordatorio elegante -o no tanto- de que el gobierno siempre guarda algo bajo la manga, por si se ofrece. Uno pensaría que después del encarcelamiento de jóvenes en la marcha de la Generación Z, el gobierno aprendería a medir las palabras. Pero no: pareciera que Rodríguez Velázquez insinúa que lo mismo podría pasar con agricultores y transportistas. Un guiño, un aviso, una sombra sobre la protesta, llámelo como quiera. Y, por si fuera poco, la secretaria remató acusando intereses partidistas detrás de las movilizaciones: “Pertenecen al PRI, al PAN y al PRD, claramente -y no es que yo lo diga-”. Pues lo dijo. Y lo dijo con esa solemnidad burocrática que pretende convertir sospechas en sentencias. Según el gobierno, algunos líderes usan las protestas como herramienta política, no para exigir seguridad en las carreteras, ni mejores precios para el maíz, ni certidumbre sobre el agua, ni financiamiento para sobrevivir. No, según ellos todo es estrategia electoral, todo es cálculo, todo es complot. La vieja narrativa reciclada del “yo soy bueno, los inconformes son malos”. Curiosamente, mientras lanza acusaciones, la secretaria pide diálogo. Invita a los manifestantes a acudir a la mesa institucional -la misma que nadie abre hasta que hay bloqueos- para evitar que las protestas se conviertan en una “estrategia de confrontación electoral”. Ironías del poder: Primero los intimidan, luego los desacreditan, después los culpan, y al final, los invitan al diálogo “respetuoso”. Si el gobierno quiere diálogo real, debería empezar por dejar de hablar como si tuviera un expediente guardado para cada ciudadano que se atreva a protestar…

México, país sin ley. El nuevo Índice de Estado de Derecho 2025 nos dejó donde nadie quiere estar: en el lugar 121 de 143 países. Sí, 121, casi en el sótano geopolítico, donde ya no llega ni la luz ni la vergüenza. El resultado es tan vergonzoso que nos coloca en la misma mesa que Nigeria, el Congo y Bangladesh. Países que enfrentan conflictos internos, crisis institucionales y desafíos enormes. Y aun así, México logra estar ahí, hombro con hombro, como si se tratara de una competencia por ver quién se hunde más rápido. En América Latina, la historia no mejora: Solo estamos arriba de Bolivia, Nicaragua, Haití y Venezuela. Todo un logro para quienes juraron que iban a “purificar la vida pública” y traer una “transformación histórica”. Pues sí la hicieron histórica, pero de caída. El desplome es parejo, democrático y transversal. Corrupción: hundida. Justicia civil: hundida. Justicia penal: hundida. Seguridad: hundida. Contrapesos: inexistentes. Gobierno abierto: cerrado por remodelación ideológica. México no necesita enemigos. Con sus instituciones debilitadas, sus autoridades justificando lo injustificable y una clase política que presume logros imaginarios, el país se basta solito para desmoronarse. El Estado de derecho es el indicador más claro de un país que funciona. Y hoy, México aparece como un país donde la ley está, pero arrumbada, oxidada y sin uso. El 2025 no reveló nada nuevo. Solo confirmó lo que el ciudadano ya vive todos los días: Que la ley en México existe… pero solo en los discursos oficiales…

Ciudad de México, Sinaloa y Estado de México, encabezan algo que nadie en el gobierno quiere admitir: la caída de las remesas enviadas por nuestros paisanos desde Estados Unidos. Sí, ese dinero que durante años funcionó como el verdadero programa social no oficial, el que sí llegaba puntual y sin intermediarios. El problema no es menor: comunidades enteras viven de ese ingreso, y su disminución deja al descubierto lo que muchos no quieren ver -ni aceptar-: que la economía mexicana no está sosteniendo a su gente, es su gente la que sostiene a México desde fuera. Y ahora, con la baja en remesas, el final de 2025 será especialmente duro para los pueblos que dependen de cada dólar enviado con sacrificio desde el otro lado. Porque cuando esa fuente se estrecha, también se aprieta la realidad: menos empleo, menos consumo, menos estabilidad y mucha más preocupación. Pero claro, desde el discurso oficial dirán lo de siempre: que todo va bien, que no pasa nada, que todo es temporal. Mientras tanto, las familias mexicanas ya están haciendo cuentas… y ninguna les sale…

Sin Redundar y diciendo las cosas tal y como son. Suyos los comentarios estimados lectores…

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