Por Javier Zapata.
En Tepic, la realidad supera a la propaganda. Mientras las calles siguen con baches, los servicios públicos se deterioran y las familias enfrentan carencias básicas, el dinero público fluye hacia un solo propósito, sostener una imagen política artificial. La edil de Tepic ha convertido la comunicación institucional en un espectáculo mediático, donde el erario se utiliza como herramienta de autopromoción personal y no como instrumento de servicio público.
Millones de pesos se gastan en publicidad oficial, maquillada bajo el argumento de “informar a la ciudadanía”, cuando en realidad se trata de mantener presencia mediática, alimentar el ego político y preparar terreno para futuras aspiraciones. Mientras tanto, las colonias olvidadas siguen esperando soluciones concretas el agua, alumbrado, recolección de basura, seguridad. Las prioridades están trastocadas; primero la foto, después la acción.
Pero la responsabilidad no recae únicamente en el gobierno municipal.
El partido Morena y el propio gobierno federal han sido cómplices por omisión. Han guardado silencio ante los excesos, solapando el uso indebido de recursos públicos en pasarelas, eventos y campañas de imagen que contradicen los principios de austeridad, honestidad y cercanía con el pueblo. Lo que alguna vez se presentó como un proyecto de transformación, hoy parece tolerar el mismo viejo modelo de simulación que tanto criticó.
La falta de vigilancia, de sanción y de rendición de cuentas no es un accidente: es una estrategia política. El control de la narrativa se ha convertido en prioridad, y la manipulación de la opinión pública en un recurso cotidiano. Se pretende convencer a la ciudadanía de que todo va bien, mientras la realidad se hunde en rezagos, improvisaciones y una gestión que confunde popularidad con eficacia.
Estas omisiones son una forma de corrupción silenciosa. Cuando se permite el derroche, cuando se normaliza el engaño y se castiga la crítica, se erosiona la democracia desde adentro. No se trata sólo de dinero malgastado, sino de la pérdida de confianza en las instituciones, en la palabra y en el compromiso social que debería guiar a todo gobierno.
Es momento de que la ciudadanía asuma un papel más vigilante y exigente. No basta con indignarse en redes sociales, ni con aceptar el espectáculo político como algo inevitable. Cada recurso que se desperdicia en propaganda representa una oportunidad perdida para el bienestar común. Cada silencio ante el abuso se convierte en complicidad.
Tepic merece más que discursos ensayados y fotografías calculadas.
Merece gobiernos que sirvan, no que se sirvan. La transformación verdadera no se mide por los likes ni por los anuncios oficiales, sino por la transparencia, la ética y los resultados tangibles.
El pueblo de Tepic tiene memoria, y tarde o temprano hará valer su voz ante el costo del silencio y del derroche disfrazado de progreso.
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