Por: Armando Javier García.
En México, levantar la voz hoy, tiene un precio.
Un precio que no se paga con dinero, sino con silencio, con miedo… o con la vida.
Mientras la presidenta y el grupo político en el poder insisten en culpar al pasado, esa derecha abstracta que ya solo existe en su discurso, el país se desangra entre la retórica del cambio y la permanencia del horror.
Defienden el poder, pero no la justicia.
El libreto es el mismo: los medios afines repiten el mantra de la “culpa histórica” y del enemigo externo.
Una narrativa gastada, diseñada para distraer, dividir y justificar.
Pero la propaganda no puede maquillar la sangre, ni los aplausos, mucho menos pueden disimular el eco del miedo.
La violencia ha dejado de ser una estadística: hoy es la política misma.
El miedo se ha institucionalizado.
Y los nombres que deberían inspirar orgullo se convirtieron en advertencia.
- Homero Gómez González, el guardián de la mariposa monarca, desaparecido tras denunciar la tala ilegal.
- Don Nico, un ciudadano que mostraba los baches de su comunidad… asesinado por evidenciar la podredumbre de su gobierno.
- Bernardo Bravo, líder limonero, muerto por exigir protección para los productores extorsionados.
- Fidel Heras Cruz, defensor del río Verde, ejecutado por proteger la tierra que amaba.
- Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, asesinado, tras denunciar al crimen organizado y las conexiones con el poder, además de desafiar al mismo poder.
Todos tienen algo en común: rompieron el pacto del silencio.
Y en México, romper el silencio es desafiar al Estado.
Algunos acostumbrados a pactar de la manera que común y usualmente lo hacen en la política, al mencionar que es normal comer sapos sin hacer gestos, se han pronunciado a favor del gobierno.
Pero más allá de la etiqueta, sus muertes exponen una verdad que pocos se atreven a decir:
El Estado mexicano se ha descompuesto desde dentro. No es el crimen quien penetra al poder; es el poder quien pacta con el crimen.
Estas muertes no son parte del colectivo imaginario: son síntomas.
El reflejo de un país que normalizó la impunidad, que aplaude a los verdugos y que castiga a los que denuncian. Pero lo más denigrante podría ser la de una sociedad que vende su dignidad a cambio de su complicidad.
Un país donde la justicia es una promesa aplazada y la verdad, un riesgo.
¿México será capaz de evolucionar o se mantendrá con el mismo pensamiento de normalizar las fallas estructurales?
Tiempo al tiempo, lo que sí sabemos en este momento es que México necesita memoria, justicia y ciudadanos que no callen.
Porque callar también es una forma de complicidad.
Y en un país donde el miedo gobierna, la voz del ciudadano libre es el último acto de resistencia.
