Por Javier Zapata.
La desconfianza del pueblo hacia sus gobernantes, no surge de la nada. Tiene origen, tiene responsables y tiene consecuencias. En Nayarit, como en gran parte del país, el partido Morena carga con esa responsabilidad. Su proyecto, que se presentó como la esperanza de cambio, ha terminado por replicar las mismas prácticas que tanto criticó: corrupción, nepotismo, clientelismo y un desprecio evidente por la rendición de cuentas.
Morena prometió esperanza, pero entregó corrupción, nepotismo y completa simulación.
El pueblo ya no cree en discursos, porque los hechos los desmienten:
calles destruidas, inseguridad, colonias olvidadas y recursos usados para fines políticos.
La responsabilidad de Morena no se limita a sus gobernantes actuales: alcanza los daños acumulados por una gestión que convirtió la confianza ciudadana en propaganda electoral. Los programas sociales, que deberían ser un derecho, se administran como moneda de cambio política; las promesas de transformación se han convertido en simulaciones; y los recursos del pueblo se utilizan más para mantener el poder que para resolver los problemas urgentes.
La gente no olvida cuando se le ofrece esperanza y se le entrega desencanto. No olvida cuando el dinero público se transforma en privilegios de unos pocos, mientras los servicios básicos se hunden en la precariedad. No olvida cuando las autoridades se rodean de familiares, amigos o cómplices en lugar de profesionales capaces.
La desconfianza se alimenta del silencio de quienes deberían rendir cuentas, de la opacidad con que se administran los recursos, del espectáculo de los discursos que intentan tapar con propaganda lo que la realidad desmiente a diario: calles destruidas, inseguridad que no cesa, colonias olvidadas, y un pueblo que aprende a sobrevivir pese al gobierno y no gracias a él.
El resultado es claro: la confianza se ha evaporado. La ciudadanía ya no cree en las palabras porque los hechos las desmienten. Se gobierna sobre un terreno erosionado, donde cada mentira, cada acto de corrupción y cada gesto autoritario abre nuevas grietas.
Recuperar la confianza no será tarea fácil. No bastarán sonrisas en carteles ni discursos triunfalistas. El pueblo exige resultados reales, gobiernos con verdadero rostro humano, no simulado, decisiones valientes que prioricen el bien común y no la ambición de grupo. Porque la paciencia ciudadana tiene un límite, y cuando ese límite se rompe, la historia demuestra que los pueblos saben reclamar lo que les pertenece: la dignidad y el derecho a ser gobernados con honestidad.
La confianza se evaporó.
El pueblo exige resultados reales y gobiernos con dignidad.
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